La mirada de Adela cambió sutilmente; el odio ardiente en sus ojos se transformó en algo más penetrante: una mezcla de lástima y comprensión que resultaba más hiriente que cualquier insulto.
—¿Sabes por qué das tanta lástima, Viviana? —su voz surgió suave pero certera, como el filo de un cuchillo envuelto en seda—. Porque ni todo el dinero del mundo, ni Raymundo, ni tus mentiras pueden llenar ese vacío que tienes dentro.
Las palabras golpearon a Viviana como un látigo invisible. Su máscara de superioridad se agrietó, revelando por un instante a la niña asustada que siempre había sido. Sus dedos, con la manicura perfecta, temblaron ligeramente antes de estrellarse contra el rostro de Adela.
—¡Cállate, maldita! —rugió Viviana, su voz quebrándose en los bordes. El golpe resonó en el almacén vacío, pero no logró borrar la sonrisa de Adela.
Una risa grave y antinatural brotó de los labios partidos de Adela, una risa que hablaba de locura y de una verdad demasiado dolorosa para ser ignorada.
—Mírate nada más, Vivi —el diminutivo sonó como veneno en su boca—. Tan desesperada por ser amada que te conformas con las sobras de afecto que Raymundo te da.
—¡No lo soy! ¡No lo soy! —Viviana perdió todo rastro de su elegancia habitual. Sus ojos, usualmente calculadores, ahora estaban desorbitados por la rabia. Sus manos se cerraron alrededor del cuello de Adela—. ¡Cállate ya!
Sus dedos se apretaron con fuerza mientras las palabras brotaban de ella como una cascada de resentimiento largamente contenido.
—¿Por qué tú? —su voz temblaba con una mezcla de furia y envidia—. ¿Por qué naciste en una familia tan perfecta? ¿Por qué todos te aman? ¿Por qué siempre tienes que ser el centro de atención?
Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, manchando su maquillaje perfecto.
—¡No es justo! ¡Nada de esto es justo!
Adela no se resistió. ¿Para qué luchar cuando ya no quedaba nada por qué vivir? Su mundo se había reducido a esta existencia liminal, este espacio gris entre la vida y la muerte que parecía más una burla que una bendición.
—¡Vivi!
La voz de Raymundo cortó el aire como un latigazo. En un instante, apartó a Viviana con brusquedad y su pie se conectó con el costado de Adela, enviándola al suelo. Ella se dobló sobre sí misma, escupiendo sangre, el sabor metálico inundando su boca.
—Vivi, mi amor, tranquila —Raymundo suavizó su tono, sus manos sujetando los hombros temblorosos de Viviana. Su voz se volvió melosa, la misma que había usado tantas veces para manipular a Adela—. No vale la pena que te alteres por ella.
Viviana parpadeó, como despertando de un trance. Su respiración era errática, su pecho subiendo y bajando violentamente. Raymundo la envolvió en sus brazos, sus manos trazando círculos en su espalda.

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