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La Valiente Transformación de una Esposa Menospreciada romance Capítulo 112

La luz dorada del atardecer se derramaba por los ventanales de la oficina, bañando la pizarra cubierta de ideas en un resplandor casi mágico. La energía creativa que habían desatado los había dejado a ambos exhaustos pero extrañamente vigorizados. Valentina se dio cuenta de que no había mirado el reloj en horas y que su estómago rugía de hambre.

—Dios mío, son casi las siete —dijo, rompiendo el silencio contemplativo—. Te he retenido aquí toda la tarde. Debes tener cosas que hacer.

—Nada más importante que esto —respondió Mateo, su mirada todavía fija en la pizarra, como si no quisiera romper el hechizo—. Pero tienes razón, estoy muerto de hambre.

Valentina comenzó a recoger sus cosas, asumiendo que la maratónica sesión de trabajo había llegado a su fin.

—Bueno, podemos continuar mañana. Dejaré todo esto en limpio y te enviaré un resumen…

—O —la interrumpió él, girándose para mirarla con una sonrisa fácil que suavizaba la intensidad de su mirada—, podríamos pedir algo de comer y seguir hablando. A menos que tengas otros planes, claro.

La propuesta la tomó por sorpresa. Era casual, pero se sentía significativa. Una cena de trabajo. Pero la idea de pasar más tiempo con él, de prolongar esa increíble conexión intelectual, era demasiado tentadora para rechazarla.

—No, no tengo planes —respondió, intentando que su voz sonara más despreocupada de lo que se sentía—. Me encantaría.

Decidieron pedir pizza de un pequeño local artesanal del barrio que Carlos le había recomendado. Mientras esperaban, el ambiente en la oficina cambió. La intensidad del brainstorming dio paso a una atmósfera más relajada e íntima. Mateo se quitó el blazer y se arremangó la camisa, revelando unos antebrazos fuertes. Valentina se soltó el pelo, dejando que cayera sobre sus hombros. La formalidad de la relación cliente-agencia se estaba disolviendo, dejando al descubierto a las dos personas que había debajo.

Cuando llegó la pizza, la comieron directamente de la caja, sentados en el suelo de la oficina, usando un pliego de papel como mantel improvisado. La conversación, inevitablemente, comenzó a alejarse del trabajo.

—Entonces, ¿qué hace el genio tecnológico detrás de la próxima gran aplicación cuando no está intentando salvar al mundo de la soledad? —preguntó Valentina con una sonrisa juguetona, tomando un trozo de pizza.

Mateo rió, una risa genuina y cálida que la sorprendió.

—"Genio tecnológico" es un poco exagerado. Soy más bien un filósofo frustrado que aprendió a programar —dijo—. Y para responder a tu pregunta, me escapo. Cuando puedo, cojo mi moto y me voy a las montañas, a algún pueblo pequeño donde nadie sepa quién soy. Necesito desconectarme del ruido para recordar por qué estoy intentando combatirlo. ¿Y tú? ¿Qué hace la mente maestra de la publicidad cuando no está creando campañas que hacen llorar a productores curtidos?

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