La confianza entre Valentina y Mateo, cimentada en el respeto profesional y ahora aderezada con esos pequeños gestos de cuidado personal, comenzó a florecer, creando un espacio seguro donde las conversaciones podían aventurarse más allá de los confines del trabajo. El manejo magistral de Valentina de la crisis con el proveedor y su inquebrantable lealtad a su visión habían demostrado su carácter, y Mateo se sentía cada vez más atraído no solo por su mente, sino por su espíritu indomable.
Una noche, durante una de sus ya habituales cenas de trabajo improvisadas en la oficina, con cajas de sushi reemplazando a las de pizza, la conversación derivó hacia un territorio más profundo. Estaban sentados en el balcón, observando las luces de la ciudad parpadear en la distancia, el aire fresco de la noche envolviéndolos.
Mateo, al ver la feroz determinación con la que ella protegía cada aspecto de su nueva empresa, desde la integridad creativa hasta el bienestar de su pequeño equipo, le hizo una pregunta suave y perspicaz.
—Has luchado mucho para llegar hasta aquí, ¿verdad? —dijo, su voz era tranquila, no inquisitiva—. Y no me refiero solo a los desafíos de empezar una nueva agencia. Se siente como si estuvieras luchando por algo más que el éxito profesional.
La pregunta era directa, pero estaba formulada con tal delicadeza que no se sintió como una invasión. Valentina se quedó en silencio por un momento, mirando la ciudad. La confianza que Mateo había construido pacientemente, gesto a gesto, le permitió abrir una pequeña grieta en el muro que protegía su pasado. No mencionó a Alejandro por su nombre. No habló de infidelidad ni de abuso emocional. Habló en el lenguaje que sabía que él entendería: el de la traición profesional.
—Estuve en un lugar… en una sociedad anterior —comenzó, eligiendo sus palabras con cuidado—, donde mis ideas no eran consideradas mías. Donde cada éxito que lograba era visto no como una victoria para el equipo, sino como una amenaza para el líder. Me costó mucho tiempo, demasiado tiempo, darme cuenta de que mi voz tenía valor por sí misma, que no necesitaba el permiso de nadie para ser escuchada. Fundar esta agencia no es solo un movimiento de carrera. Es un acto de reclamación.

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