Al día siguiente, Valentina se despertó en su impersonal habitación de hotel sintiéndose como una persona diferente. La resaca emocional de la noche anterior era una mezcla embriagadora de esperanza y un miedo paralizante. La cita con Mateo había sido más de lo que podría haber imaginado. Había removido capas de cinismo y desconfianza que ella pensaba que eran permanentes. Por primera vez en una década, se había sentido como ella misma, no como un papel que estaba interpretando. Y esa sensación era tan adictiva como aterradora.
El fantasma de Alejandro y su traición se cernía sobre cada pensamiento feliz. ¿Podía confiar en este nuevo sentimiento? ¿Era real, o era simplemente el espejismo de un corazón sediento en medio de un desierto emocional? La facilidad de su conexión con Mateo era tan natural que parecía demasiado buena para ser verdad. El miedo a ser herida de nuevo, a bajar la guardia solo para ser traicionada, era una voz fría y racional que luchaba contra la cálida y esperanzada melodía que había comenzado a sonar en su corazón.
Sabía que necesitaba hablar con la única persona que podía entender la complejidad de su situación. Esa tarde, se reunió con Sofía en su bufete de abogados, un espacio moderno y minimalista con vistas al Parque El Virrey. La excusa oficial era revisar los últimos documentos de la demanda de divorcio, pero ambas sabían que la verdadera razón era otra.
—Bueno, suéltalo —dijo Sofía en cuanto la puerta de su oficina se cerró, dejando a un lado la carpeta legal—. Tienes una cara que no se puede describir. Es como si hubieras visto un fantasma y te hubiera gustado.
Valentina no pudo evitar reír. Se dejó caer en una de las sillas de diseño frente al escritorio de su amiga y, con una mezcla de emoción de adolescente y la cautela de una mujer herida, le contó todo sobre su cita con Mateo. Le contó sobre el restaurante, sobre la conversación, sobre la caminata en el parque, sobre el momento de vulnerabilidad compartida.
Sofía escuchaba con una atención total, su rostro pasando de la sorpresa a una sonrisa genuina y radiante.
—¡Mateo Castillo! —exclamó cuando Valentina terminó—. Vale, ese hombre no es cualquier cosa. Es de los buenos. Inteligente, discreto, y su familia tiene más poder silencioso que los Vega con todo su ruido. ¡Estoy increíblemente feliz por ti!
Ver la alegría sin adulterar en el rostro de su amiga fue un bálsamo para Valentina.
—Fue… increíble, Sofi. Nunca me había sentido así con nadie. Es como si me leyera la mente, como si entendiera partes de mí que yo misma había olvidado.
—Te lo mereces, Vale —dijo Sofía, su tono ahora más suave—. Te mereces toda la felicidad del mundo. Después del infierno que has vivido, te mereces un hombre que te vea como a una reina, no como a un accesorio.


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