La noticia de la cita de Valentina y Mateo no tardó en llegar a los oídos de Alejandro. No fue a través de la prensa, que aún estaba demasiado ocupada con el escándalo de la gala. La información le llegó de una forma mucho más insidiosa y personal. Alejandro tenía una red de informantes, de personas en la industria que le debían favores o que simplemente disfrutaban del poder que les otorgaba ser los portadores de chismes jugosos. Esa noche, recibió un mensaje de texto de un conocido que había estado cenando en un restaurante cercano al de ellos. El mensaje era corto y venenoso: "Vi a tu ex esposa en La Macarena con Mateo Castillo. No parecía una cena de negocios. Solo para que sepas".
Alejandro leyó el mensaje en la oscuridad de su oficina en el penthouse. La pantalla del teléfono iluminaba su rostro, revelando una expresión de incredulidad que rápidamente se transformó en una furia fría y reptiliana.
Su reacción no fue de celos en el sentido tradicional. No amaba a Valentina y no la quería de vuelta. Su furia provenía de un lugar mucho más oscuro: su sentido de la propiedad herido. Valentina era suya. Su creación, su posesión. El hecho de que se hubiera atrevido a dejarlo era una afrenta. El hecho de que estuviera construyendo su propia vida era un insulto. Pero el hecho de que estuviera saliendo con otro hombre, y no con un hombre cualquiera, sino con Mateo Castillo, era una traición de proporciones épicas.
Mateo Castillo representaba todo lo que Alejandro secretamente envidiaba y temía. Mientras que el poder de los Vega era heredado, un imperio de la vieja guardia construido sobre ladrillos y publicidad tradicional, el poder de los Castillo era dinámico, del siglo XXI, forjado en el mundo intangible de la tecnología y la innovación. Mateo era visto como un visionario, un genio discreto, mientras que Alejandro, en el fondo, temía ser visto solo como el hijo de su padre.
Que Valentina no solo siguiera adelante, sino que lo hiciera con un hombre como Mateo, reescribía por completo la narrativa del divorcio. En la mente de Alejandro, él debía ser el que la dejaba, el que seguía adelante con una mujer más joven y más glamurosa. Valentina debía quedar reducida a la patética figura de la ex esposa abandonada. Pero esta nueva realidad la posicionaba a ella como la que había escapado, la que había encontrado algo mejor, dejándolo a él como el perdedor, el hombre que no había sido suficiente para retener a una mujer brillante. Y esa humillación era intolerable para su ego.
Su rabia no fue explosiva. No lanzó su teléfono contra la pared ni gritó al vacío. Fue una rabia que se interiorizó, que se solidificó en un propósito helado y destructivo. La campaña que había iniciado para arruinarla profesionalmente ahora adquiría una nueva y viciosa dimensión personal. Ya no era suficiente con destruir su empresa. Ahora necesitaba destruir su felicidad. Necesitaba demostrarle a ella, a Mateo y al mundo entero que cualquier intento de construir una vida sin él estaba destinado al fracaso.
Se sentó en su escritorio, las luces de la ciudad que tanto amaba ahora le parecían frías y distantes. Abrió su portátil y comenzó a escribir un correo electrónico a su jefe de seguridad, un ex agente del DAS con pocos escrúpulos y una gran habilidad para encontrar información.
"Necesito un informe completo sobre Mateo Castillo", escribió. "Sus negocios, sus finanzas, sus relaciones pasadas, sus debilidades. Todo. Y quiero que vigilen a Valentina. Quiero saber cada uno de sus movimientos".
Presionó "Enviar". La guerra acababa de escalar. Ya no era una batalla por el dinero o la reputación. Era una batalla por el control de la narrativa, una campaña de tierra quemada diseñada para asegurarse de que si él no podía tener a Valentina, nadie más podría.

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