El pacto de "ir despacio" se convirtió en el delicado hilo con el que Valentina y Mateo comenzaron a tejer el tapiz de su nueva relación. No hubo grandes declaraciones de amor ni gestos románticos apresurados. En cambio, su conexión se solidificó en los pequeños momentos, en los detalles que construyen la verdadera intimidad. Su relación floreció en el fértil terreno de la colaboración profesional, donde su complicidad era tan natural como respirar. Las largas jornadas de trabajo en la campaña "ConectaTech" se convirtieron en su espacio seguro, un lugar donde podían ser ellos mismos, admirándose mutuamente no solo por su talento, sino por la forma en que sus mentes trabajaban en perfecta armonía.
Se les veía a menudo en la oficina de Chapinero, inclinados sobre la misma mesa, sus cabezas juntas mientras revisaban un guion gráfico o debatían sobre la elección de una pieza musical. Había una facilidad en su interacción que era evidente para todos. Carlos Nieto los observaba con una sonrisa paternal, feliz de ver a su jefa, por primera vez, con un socio que la veía como una igual. Andrés Giraldo y el resto del joven equipo los veían como un ideal, una pareja de poder creativa que lideraba con inspiración y respeto mutuo. La atmósfera en Creativos V.R. era de una felicidad productiva, un marcado contraste con el miedo y la toxicidad que impregnaban los pasillos de Grupo Vega.
Pero su conexión no se limitaba a la oficina. Fieles a su promesa, comenzaron a explorar el mundo fuera del trabajo. Sus citas eran sencillas, casi anónimas. Un sábado por la tarde, se perdieron en los pasillos del mercado de las pulgas de San Alejo, riendo mientras examinaban antigüedades y objetos curiosos. Mateo le compró a Valentina una pequeña caja de música de madera, un objeto sin valor monetario pero cargado de un encanto nostálgico. Otro día, hicieron una caminata por el sendero de la Quebrada La Vieja, subiendo en silencio por la montaña, disfrutando del aire fresco y de la impresionante vista de la ciudad. En la cima, sentados sobre una roca, compartieron un termo de café y hablaron durante horas, no de trabajo, sino de la vida.
Para Valentina, cada uno de estos momentos era una revelación. Estaba redescubriendo el placer de la compañía, la alegría de compartir una experiencia sin la presión de tener que actuar o impresionar. Con Alejandro, cada salida era una actuación, una oportunidad para ser vistos, para reforzar su estatus. Las conversaciones siempre giraban en torno a él, a sus logros, a sus problemas. Con Mateo, era diferente. Él le hacía preguntas sobre ella, sobre sus pensamientos, sobre sus sentimientos. Se interesaba por las pequeñas cosas, por los detalles que conformaban la persona que era, no la función que desempeñaba.
Una noche, después de una cena tranquila, él la acompañó hasta la puerta de su nuevo apartamento, un espacio luminoso y lleno de plantas que finalmente se sentía como un hogar. No intentó entrar. Simplemente se quedó en el umbral, su presencia era una calma reconfortante.
—Gracias por hoy —dijo él, su sonrisa era suave a la luz del pasillo.
—Gracias a ti —respondió ella.
No hubo un beso apasionado, sino un gesto mucho más íntimo. Él levantó una mano y, con el dorso de los dedos, le acarició suavemente la mejilla. Fue un toque lleno de ternura y respeto, una promesa silenciosa de que estaba dispuesto a esperar, a construir la confianza ladrillo por ladrillo, tal como habían acordado.
Ese era el ritmo de su nuevo comienzo. Una relación que se construía no sobre la base de una pasión arrebatadora, sino sobre los cimientos sólidos del respeto mutuo, la admiración intelectual y una creciente y profunda ternura. Para el mundo exterior, eran simplemente un cliente y su agencia. Pero en la privacidad de sus conversaciones y sus momentos compartidos, estaban construyendo algo real, algo sano, algo que, para Valentina, se parecía mucho a la felicidad que había creído perdida para siempre.

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