Mientras Valentina libraba su batalla en el frente profesional, el veneno del rumor comenzaba a infiltrarse en un territorio mucho más delicado y personal: la familia Castillo.
La escena era una cena familiar de domingo en la majestuosa casa de los Castillo en el barrio de La Calera, una mansión de estilo colonial con amplios jardines que miraban hacia la ciudad. Las cenas de los domingos eran una tradición sagrada, un ritual presidido por la matriarca de la familia, Doña Juana Castillo, una mujer de ochenta años con la mente tan afilada como el día en que había ayudado a su difunto esposo a construir su imperio inmobiliario.
El ambiente era de una elegancia relajada. Mateo estaba allí, disfrutando de un raro momento de desconexión, conversando animadamente con su hermana y sus sobrinos. La conversación era ligera, centrada en anécdotas familiares y planes de viaje.
Fue entonces cuando llegó Gabriel Castillo, el primo de Mateo. Gabriel era el "primo problemático" que toda familia poderosa parece tener. Encantador y apuesto, pero carente de la ética de trabajo y la inteligencia de Mateo, Gabriel se movía por la vida en una nube de fiestas, negocios dudosos y chismes. Se consideraba un experto en el pulso social de la ciudad, y su principal contribución a las conversaciones familiares era la de traer los últimos escándalos de la élite bogotana a la mesa.
—¡Familia! Lamento la demora, el trancón estaba imposible —anunció, saludando a su tía Juana con un beso en la mejilla antes de servirse una copa de vino—. No van a creer el último chisme que está en boca de todos.
Doña Juana lo miró con una mezcla de afecto y desaprobación.
—Gabriel, por favor, estamos en la mesa. Un poco de decoro.
—Pero tía, este es de los buenos. Involucra a la nueva novia de nuestro querido Mateo —dijo Gabriel con una sonrisa traviesa, completamente ajeno a la bomba que estaba a punto de lanzar.
Mateo se puso rígido al instante.

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