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La Valiente Transformación de una Esposa Menospreciada romance Capítulo 144

La biblioteca de la casa de los Castillo era el verdadero centro de poder de la familia. A diferencia del despacho de Alejandro, que era un monumento al ego, esta habitación era un santuario de historia y conocimiento. Las paredes estaban cubiertas de estanterías de madera oscura que iban del suelo al techo, llenas de libros encuadernados en cuero: primeras ediciones de clásicos de la literatura, tratados de historia, volúmenes de filosofía. El aire olía a cuero viejo, a papel y a la cera con la que pulían la madera. Era el lugar donde el difunto patriarca, y ahora su viuda, tomaban las decisiones importantes.

Doña Juana no se sentó detrás del imponente escritorio. En cambio, se dirigió a dos sillones de cuero que flanqueaban una chimenea apagada, un gesto que indicaba que la conversación sería personal, no de negocios.

—Siéntate, Mateo —dijo, su voz era suave.

Mateo obedeció, una sensación de aprensión instalándose en su estómago. Conocía bien a su abuela. Su gentileza era a menudo el preludio de una estocada mortal.

—Sé que el comentario de tu primo en la cena fue inapropiado y de mal gusto —comenzó ella, yendo directamente al grano, como era su costumbre—. Y le he pedido que se disculpe contigo.

—No es necesario, abuela. Gabriel es un idiota, pero no es malintencionado.

—No, no lo es. Pero a menudo, las mayores verdades se escuchan de boca de los idiotas —replicó ella, y sus ojos, normalmente cálidos, ahora eran agudos y penetrantes—. El chisme en sí no me preocupa. Lo que me preocupa es su existencia. Un rumor así no aparece de la nada, Mateo. Alguien lo plantó. Alguien con la intención de hacer daño.

Mateo apretó la mandíbula.

—Sé quién fue. Alejandro Vega. Está intentando destruir a Valentina porque no puede soportar que ella sea exitosa sin él.

—Exactamente —dijo Doña Juana, y por un momento, Mateo pensó que ella lo entendía, que estaba de su lado—. Y eso, querido nieto, es precisamente lo que me preocupa. No dudo de la integridad de la señorita Rojas. Dudo de la situación en la que te estás metiendo.

La expresión de Doña Juana se suavizó, el amor maternal reemplazando a la estratega por un instante.

—Y yo quiero que seas feliz, mi amor. Más que nada en el mundo. Pero el amor no puede ser ciego. Te pido solo una cosa: sé cauto. Observa. No te precipites. Esta mujer llega a tu vida arrastrando una tormenta. Asegúrate de que tienes la fuerza para soportarla sin que te destruya a ti y a todo lo que hemos construido.

Mateo se levantó, sintiéndose frustrado y dividido. Amaba y respetaba a su abuela más que a nadie, pero sentía que ella no estaba viendo a la verdadera Valentina, a la mujer brillante, valiente y herida que él había llegado a conocer.

—Ella no es una tormenta, abuela —dijo, su voz llena de una convicción inquebrantable—. Ella es la calma que viene después. Y no voy a abandonarla solo porque su ex marido sea un monstruo.

Salió de la biblioteca, dejando a su abuela sola con sus preocupaciones. La conversación no había cambiado sus sentimientos por Valentina, pero había introducido una nueva y amarga realidad en su idilio. La semilla de la duda no había sido plantada en su corazón, sino en su mente. La duda no era sobre el amor, sino sobre las consecuencias. Y por primera vez, Mateo comenzó a comprender la verdadera magnitud de la guerra en la que se había alistado.

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