El silencio que siguió a la pregunta del periodista fue absoluto y pesado. Pareció estirarse durante una eternidad, un vacío en el que el único sonido era el zumbido de los equipos de cámara y el latido acelerado del corazón de Valentina en sus propios oídos. Se sentía como si el suelo se hubiera desvanecido, dejándola flotando en un espacio de humillación pura, expuesta bajo la mirada de toda su industria. El calor de las luces de las cámaras era intenso, pero ella sentía un frío glacial recorrerle las venas.
Vio la escena como si estuviera fuera de su propio cuerpo. Vio los rostros curiosos y morbosos de los espectadores que se habían reunido a su alrededor. Vio los teléfonos móviles levantándose para grabar el momento, para capturar su desgracia. Y vio, a lo lejos, las sonrisas apenas contenidas de Alejandro e Isabella. Estaban saboreando su victoria, deleitándose en la trampa perfecta que habían tendido.
La trampa era brillante en su crueldad. Cualquier respuesta parecía una confirmación de la acusación. Si se enfadaban y negaban el rumor con vehemencia, parecerían culpables, como si tuvieran algo que ocultar. Si intentaban ignorar la pregunta y marcharse, parecerían cobardes, huyendo de la verdad. Si respondían con una negativa simple y educada, sonaría débil, una defensa sin convicción que solo alimentaría más especulaciones. Alejandro la conocía bien; sabía que su instinto sería la dignidad silenciosa, una reacción que, en este contexto, sería interpretada como una admisión de culpa.
El pánico comenzó a apoderarse de ella. Sintió la mano de Mateo apretando la suya con más fuerza, un gesto de apoyo, pero en su mente, una nueva y terrible duda comenzó a florecer. ¿Qué estaría pensando él? La advertencia de su abuela resonó en su cabeza: "Esta mujer llega a tu vida arrastrando una tormenta". ¿Estaría él, en ese momento, lamentando haberse involucrado en su desastre? ¿Estaría comenzando a dudar de ella, a preguntarse si la advertencia de su abuela tenía algo de verdad? La idea de que este rumor pudiera envenenar la confianza que apenas comenzaban a construir era más dolorosa que la humillación pública.
Miró a Mateo, y lo que vio en su rostro la sorprendió. No había pánico, ni duda, ni ira descontrolada. Había una calma gélida, una quietud peligrosa. Sus ojos, normalmente cálidos y empáticos, se habían vuelto duros como el acero, fijos en el rostro sonriente del periodista. No estaba mirando a Valentina con decepción; estaba mirando a su agresor con la fría furia de un hombre cuya línea más sagrada acababa de ser cruzada.
El silencio se prolongó un segundo más. El camarógrafo se acercó, buscando un primer plano de sus rostros angustiados. El periodista, creyendo que los tenía acorralados, se preparó para lanzar la siguiente pregunta, para dar la estocada final. Alejandro, desde la distancia, levantó su copa en un brindis silencioso hacia Isabella. La victoria parecía segura. Pero ninguno de ellos había contado con la reacción de Mateo Castillo.

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