Justo cuando el periodista abría la boca para lanzar su siguiente pregunta venenosa, Mateo se movió. Su acción no fue brusca ni agresiva, sino fluida, deliberada y completamente inesperada. Con una calma que era infinitamente más intimidante que cualquier arrebato de ira, extendió su mano libre y, con una gentileza casi surrealista, tomó el micrófono de la mano del reportero.
El periodista se quedó con la mano extendida en el aire, su boca abierta en una expresión de estupefacción. La multitud ahogó un jadeo colectivo. Nadie se atrevía a hacer algo así. Era una ruptura total del protocolo, una toma de control tan audaz que dejó a todos sin aliento.
Mateo no miró al periodista. Se giró ligeramente, posicionándose para dirigirse no solo al círculo de periodistas que los rodeaba, sino a toda la gente que se había congregado en el lobby. Sostuvo el micrófono con una naturalidad que sugería que había nacido para ello. Su rostro, que momentos antes había sido una máscara de furia contenida, se relajó en una expresión de serena compostura.
Luego, miró directamente a la cámara principal, la que transmitía en vivo a las pantallas del salón, y sonrió. No era una sonrisa forzada ni tensa. Era una sonrisa genuina, casi divertida, como la de un maestro de ajedrez que acaba de ver la jugada perfecta.
—Excelente pregunta —dijo, su voz era tranquila, clara y resonó en el silencio del lobby con una autoridad absoluta—. De hecho, me alegra mucho que la haga.

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