Mateo se giró de nuevo hacia la cámara, su expresión ahora era seria, la de un hombre a punto de decir una verdad importante. Sostuvo el micrófono con una mano y, con la otra, buscó la de Valentina, entrelazando sus dedos con los de ella en un gesto público de unidad y apoyo incondicional.
—El rumor al que usted se refiere, si lo he entendido bien, es que la señorita Rojas usa sus encantos para conseguir clientes —dijo, su voz era clara y resonante, repitiendo la acusación en voz alta, despojándola de su poder susurrante y exponiéndola a la cruda luz de la verdad. Un murmullo de shock recorrió a la audiencia. Nadie podía creer que estuviera abordando la calumnia de una forma tan directa.
Hizo una pausa, su mirada recorriendo a la multitud.
—Y quiero decirles a todos, aquí y ahora, que ese rumor es absolutamente cierto.
Otro jadeo colectivo, esta vez más fuerte, más escandalizado. Valentina lo miró, su corazón deteniéndose por un instante, una punzada de pánico y confusión atravesándola. ¿Qué estaba haciendo? A lo lejos, una sonrisa de triunfo puro y malicioso se dibujó en el rostro de Alejandro. Creía que Mateo, en su arrogancia, acababa de caer en la trampa.
Pero Mateo no había terminado.
—Es cierto —repitió, su voz subiendo en un crescendo de pasión—. La señorita Rojas me ha encantado. Me ha encantado desde el primer día que entró en mi oficina.

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