Mateo se giró de nuevo hacia la cámara, su expresión ahora era seria, la de un hombre a punto de decir una verdad importante. Sostuvo el micrófono con una mano y, con la otra, buscó la de Valentina, entrelazando sus dedos con los de ella en un gesto público de unidad y apoyo incondicional.
—El rumor al que usted se refiere, si lo he entendido bien, es que la señorita Rojas usa sus encantos para conseguir clientes —dijo, su voz era clara y resonante, repitiendo la acusación en voz alta, despojándola de su poder susurrante y exponiéndola a la cruda luz de la verdad. Un murmullo de shock recorrió a la audiencia. Nadie podía creer que estuviera abordando la calumnia de una forma tan directa.
Hizo una pausa, su mirada recorriendo a la multitud.
—Y quiero decirles a todos, aquí y ahora, que ese rumor es absolutamente cierto.
Otro jadeo colectivo, esta vez más fuerte, más escandalizado. Valentina lo miró, su corazón deteniéndose por un instante, una punzada de pánico y confusión atravesándola. ¿Qué estaba haciendo? A lo lejos, una sonrisa de triunfo puro y malicioso se dibujó en el rostro de Alejandro. Creía que Mateo, en su arrogancia, acababa de caer en la trampa.
Pero Mateo no había terminado.
—Es cierto —repitió, su voz subiendo en un crescendo de pasión—. La señorita Rojas me ha encantado. Me ha encantado desde el primer día que entró en mi oficina.
La multitud escuchaba, completamente cautivada. La narrativa había cambiado por completo. Ya no era un escándalo sobre una mujer manipuladora. Era la historia de un hombre poderoso rindiendo un homenaje público y apasionado al genio de una mujer.
—Así que sí, la señorita Rojas usa sus encantos para conseguir clientes —concluyó, su mirada volviendo a la cámara, dura como el acero—. Usa el encanto de su inteligencia superior, el encanto de su inquebrantable ética de trabajo y el encanto de un talento tan deslumbrante que sería un idiota si no hiciera todo lo que está en mi poder para tenerla de mi lado.
Valentina sintió cómo las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas. No eran lágrimas de tristeza ni de humillación. Eran lágrimas de una gratitud tan abrumadora, de sentirse tan profundamente vista, tan ferozmente defendida, que la dejaron sin aliento. El hombre que tenía a su lado no solo estaba negando un rumor. Estaba proclamando su valor al mundo, usando las propias armas de sus enemigos para construirle un pedestal. En ese momento, en medio de la multitud y las cámaras, Valentina se dio cuenta de que lo que sentía por Mateo Castillo ya no era solo admiración o atracción. Estaba, irrevocablemente, enamorada.

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