Esa noche, la oficina de Creativos V.R. se sentía menos como un santuario de creatividad y más como la sala de urgencias de un hospital en código rojo. El inspirador discurso de Valentina había logrado contener la hemorragia del pánico, pero la herida seguía abierta y sangrando. Después de que el último miembro del equipo se fuera a casa con una mezcla de determinación y una ansiedad apenas disimulada, Valentina se quedó sola. La adrenalina que la había sostenido durante la reunión se desvaneció, dejando en su lugar un agotamiento frío y pesado que le calaba hasta los huesos.
No podía ir a su apartamento. El espacio que había comenzado a sentirse como un hogar de repente le parecía demasiado silencioso, un lugar donde sus miedos podrían acorralarla en la oscuridad. Se quedó en la oficina, el único lugar donde sentía una pizca de control. Encendió la lámpara de su escritorio, creando una pequeña isla de luz en la penumbra, y abrió su portátil. Era hora de enfrentar la cruda realidad, no con discursos inspiradores, sino con la fría y brutal lógica de los números.
Abrió la hoja de cálculo que detallaba las finanzas de la agencia. Durante horas, se sumergió en un mar de cifras, proyecciones y flujos de caja. La pantalla de su computador iluminaba su rostro, revelando una expresión de concentración tan intensa que era casi dolorosa. Revisó cada línea, cada gasto, cada ingreso proyectado. El dinero de su acuerdo de divorcio, que le había parecido una fortuna, se encogía alarmantemente al ser contrastado con los gastos de una empresa en crecimiento: el alquiler de la oficina, los salarios de su pequeño pero creciente equipo, los costos de software, los impuestos.
Luego, comenzó a recalcular todo basándose en la nueva y sombría realidad. Eliminó la línea de crédito del banco, borrando de un plumazo el capital de trabajo con el que contaba para la expansión y la producción. Luego, recalculó los costos de producción para "Joya Real" y "ConectaTech", asumiendo que tendría que buscar proveedores fuera de Bogotá, quizás en Medellín o incluso fuera del país, lo que implicaría costos logísticos y de transporte significativamente más altos. Cada nuevo cálculo era como una puñalada en el plan de negocios que había construido con tanto optimismo.
A medida que las horas pasaban y los números en la hoja de cálculo se volvían cada vez más rojos, la verdad se hizo ineludible y aterradora. Con los contratos de los proveedores principales cancelados y su línea de crédito empresarial congelada, se dio cuenta de que la liquidez que le quedaba, el dinero en efectivo que tenía para operar, solo le alcanzaría para cubrir los gastos de un mes más. Quizás cinco semanas, si era extremadamente cuidadosa.
Treinta y cinco días.
Ese era el tiempo que le quedaba antes de que la quiebra dejara de ser un miedo abstracto y se convirtiera en una realidad matemática. Treinta y cinco días para encontrar nuevos proveedores, para ejecutar dos de las campañas más exigentes de su carrera y para empezar a facturar a sus clientes. Era una ventana de tiempo imposible, una carrera contra un reloj que parecía correr el doble de rápido.
Apoyó la cabeza entre las manos, el peso de esa cifra aplastándola. Este era su momento más bajo desde que había salido del museo. La humillación pública, la batalla legal, la difamación… todo eso había sido doloroso, pero esto era diferente. Esto era existencial. Se enfrentaba a la posibilidad real y tangible del fracaso, un fracaso que no solo la afectaría a ella, sino a las personas que habían depositado su fe en ella. Pensó en Carlos, en Andrés, en los jóvenes diseñadores. Habían dejado la seguridad de un gran empleo para seguirla, y ella los estaba llevando directamente hacia un precipicio. La culpa y la presión eran un peso físico que le oprimía el pecho, dificultándole la respiración. Se sentía como una impostora, una líder que había llevado a su ejército a una batalla que no podía ganar. En la soledad de la noche, rodeada de los sueños y las ideas que cubrían las paredes de su oficina, Valentina Rojas se sintió, por primera vez, completamente y sin esperanzas, derrotada.

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