En el punto más profundo de su desesperación, cuando la hoja de cálculo en su pantalla parecía una sentencia de muerte para su empresa, Valentina hizo lo único que podía hacer: llamó a su oráculo. Marcó el número de Marisa Morales, su antigua jefa y mentora, la mujer que había sido la reina indiscutible de la publicidad colombiana durante tres décadas antes de retirarse a una vida tranquila en su finca cafetera en el Quindío. Marisa era una leyenda, una mujer que había luchado y ganado batallas en la industria cuando ser una mujer en una posición de poder era casi un acto de guerra.
Eran casi las once de la noche, pero Marisa contestó al segundo tono, su voz, siempre cálida y con el inconfundible acento paisa, sonaba tan clara como si estuviera a su lado.
—Valentinita, mija. Qué milagro. A estas horas solo llaman las malas noticias o los buenos chismes. ¿Cuál de los dos me tienes?
Valentina intentó reír, pero el sonido se le atoró en la garganta. Con la voz quebrada por el agotamiento y el miedo, le contó todo. Le habló del bloqueo, de las cancelaciones de los proveedores, de la presión a sus clientes, de la mano invisible y todopoderosa de Don Ricardo Vega que la estaba asfixiando.
Marisa escuchó en silencio, con la paciencia de alguien que ha visto todas las jugadas posibles en el tablero. Cuando Valentina terminó, no hubo una exclamación de sorpresa. Hubo un suspiro, un sonido largo y cargado de un conocimiento antiguo.
—Ah, Ricardito… —dijo Marisa, y en su voz había una mezcla de desprecio y un respeto a regañadientes, el tipo de respeto que se le tiene a un depredador formidable—. El viejo dinosaurio sigue usando los mismos trucos sucios de siempre.
—No sé qué hacer, Marisa —confesó Valentina, su voz era un susurro de derrota—. Ha cerrado todas las puertas. No puedo competir si ni siquiera me dejan entrar al campo de juego.
—Mija, escúcheme bien —dijo Marisa, su tono volviéndose más serio, el de la mentora tomando el control—. Lo que Ricardo Vega te está haciendo no es nuevo. Se lo hizo a media industria en los años 90. Yo misma fui una de sus víctimas. Cuando abrí mi primera agencia, él intentó exactamente lo mismo. Me bloqueó con los proveedores, me asustó a los clientes, me difamó en los clubes. Casi me quiebra.
La revelación dejó a Valentina sin aliento. Nunca había sabido esa parte de la historia de su mentora.

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