El domingo, Mateo pasó a recoger a Valentina en su coche. No era el deportivo llamativo que uno esperaría de un joven multimillonario, sino un discreto pero elegante Volvo antiguo, perfectamente restaurado. El gesto, como todo en él, era una declaración de intenciones: valoraba la calidad y la historia por encima de la ostentación.
El viaje hacia La Calera, la zona montañosa al este de Bogotá, fue un ascenso lento desde el caos de la ciudad hacia la serenidad del campo. A medida que subían, el aire se volvía más frío y más limpio, y el paisaje se transformaba en un tapiz de verdes intensos y eucaliptos plateados.
—¿Nerviosa? —preguntó Mateo, notando la tensión en las manos de Valentina.
—Aterrada —admitió ella con una sonrisa tensa—. Siento que voy a una audición para un papel que podría cambiar mi vida.
—No es una audición —respondió él, poniendo una mano tranquilizadora sobre la de ella por un instante—. Solo sé tú misma. Es la mujer de la que yo me he enamorado la que quiero que ella conozca.
La palabra "enamorado", dicha por primera vez de una forma tan directa y natural, la dejó sin aliento por un momento y le dio una oleada de calor y confianza que era más efectiva que cualquier discurso de ánimo.

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