Después del almuerzo, mientras el resto de la familia se dispersaba hacia los jardines para disfrutar del sol de la tarde, Doña Juana se giró hacia Valentina. Su cortesía social se había evaporado, reemplazada por una seriedad que no admitía réplica.
—Señorita Rojas, acompáñeme a mi estudio, por favor —dijo. No era una petición, era una orden.
Valentina siguió a la matriarca a través de un corredor silencioso, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Sabía que el examen preliminar había terminado y que la verdadera prueba, el interrogatorio a puerta cerrada, estaba a punto de comenzar. Mateo le dirigió una mirada de aliento desde la distancia antes de que las pesadas puertas de madera del estudio se cerraran detrás de ellas, aislándolas del resto del mundo.
El estudio de Juana Castillo era el polo opuesto al despacho de Alejandro. Si el de él era un monumento al ego moderno, este era un santuario de poder antiguo. No había pantallas gigantes ni muebles de diseño minimalista. Las paredes estaban cubiertas de estanterías de madera oscura que se elevaban hasta el techo, repletas de libros encuadernados en cuero. El aire olía a papel viejo, a cera de abejas y a la tierra húmeda de las orquídeas que descansaban en macetas de cerámica sobre el alféizar de la ventana. Un enorme escritorio de nogal, pulido por un siglo de uso, dominaba la habitación, pero Juana no se sentó detrás de él. En cambio, señaló dos austeros pero elegantes sillones de cuero que flanqueaban una chimenea de piedra.
—Siéntese —dijo, tomando asiento ella misma. Su menuda figura parecía casi perdida en el gran sillón, pero su presencia era tan imponente que empequeñecía todo a su alrededor—. Mateo me ha informado de su… situación. Y de la alianza que le ha propuesto. Pero antes de que esta familia comprometa su nombre y sus recursos, necesito entender algunas cosas. Así que, ahora, hablemos de verdad, señorita Rojas.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Valiente Transformación de una Esposa Menospreciada