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La Valiente Transformación de una Esposa Menospreciada romance Capítulo 178

El lunes por la mañana, el mundo empresarial de Bogotá se despertó con una noticia que sacudió los cimientos del poder establecido. No fue un rumor susurrado en los pasillos, sino un comunicado de prensa oficial, frío y contundente, emitido a primera hora por el departamento de comunicaciones del Imperio Castillo. El comunicado fue enviado simultáneamente a todos los principales medios de comunicación del país, desde El Portafolio hasta la revista Dinero y las agencias de noticias internacionales.

El titular era discreto, como todo lo que hacían los Castillo, pero el contenido era una bomba atómica: "Imperio Castillo anuncia alianza estratégica e inversión mayoritaria en la nueva agencia creativa Creativos V.R.".

El texto, redactado con una precisión legal, detallaba la naturaleza del acuerdo: una inversión de capital de ocho cifras a cambio de una participación en la agencia, y un contrato de exclusividad de cinco años que convertía a Creativos V.R. en la principal socia estratégica para todas las empresas del conglomerado Castillo, incluida la multimillonaria cuenta de ConectaTech. El comunicado incluía una cita de Mateo Castillo, alabando la "visión disruptiva" y la "integridad inquebrantable" de Valentina Rojas, a quien describía como "la líder que definirá la próxima generación de la comunicación en América Latina".

La noticia bomba explotó en el ecosistema empresarial de la ciudad con la fuerza de un huracán. Los teléfonos en las redacciones de los periódicos comenzaron a sonar sin parar. Los analistas financieros en los canales de noticias de la mañana luchaban por interpretar el movimiento. ¿Por qué el Imperio Castillo, conocido por su aversión al riesgo y su enfoque en inversiones seguras y establecidas, apostaba una suma tan astronómica por una startup de publicidad de apenas unas semanas de vida, dirigida por la polémica ex esposa de su principal rival?

La respuesta, para los más astutos, era obvia. No era una simple inversión. Era una declaración de guerra. Era Juana y Mateo Castillo plantando su bandera firmemente en el campamento de Valentina Rojas, enviando una señal inequívoca al mercado: esta mujer está bajo nuestra protección.

En la torre de Grupo Vega, la noticia llegó a través de una alerta de Google al teléfono de Alejandro. Estaba en medio de una reunión, intentando proyectar una imagen de control, cuando leyó el titular. La sangre se le heló en las venas. Se quedó mirando la pantalla, releyendo las palabras una y otra vez, incapaz de procesar la magnitud del desastre. No solo había fracasado en su intento de asfixiar a Valentina, sino que sus ataques la habían empujado a los brazos de un aliado infinitamente más poderoso.

Pero la furia de Alejandro no fue nada comparada con la de Don Ricardo Vega. El patriarca se enteró de la noticia no por un medio digital, sino a la antigua: su asistente personal entró en su despacho con el periódico del día, abierto en la sección de negocios, y se lo colocó sobre el escritorio en silencio.

Don Ricardo leyó la nota, sus ojos oscuros moviéndose lentamente sobre las palabras. No gritó. No maldijo. Su reacción fue mucho más aterradora. Un silencio profundo y pesado se instaló en su lujoso despacho. Su rostro, normalmente impasible, se contrajo en una máscara de una furia tan pura y tan concentrada que parecía chupar todo el aire de la habitación. Para él, esto era la máxima traición. Los Castillo, una familia a la que había considerado su igual, sus rivales respetuosos en el gran juego del poder, acababan de aliarse con su enemiga. Habían cruzado una línea. Habían roto el código no escrito de la élite.

Lentamente, se levantó de su silla y caminó hacia el ventanal. Miró la ciudad, su ciudad, el reino que había gobernado durante décadas. Y en ese momento, tomó una decisión. La guerra contra Valentina Rojas ya no era un asunto de contener a una ex esposa problemática. Se había convertido en una guerra total contra el clan Castillo. Y en una guerra así, no había reglas. No habría piedad. Su furia, como bien sabían los que lo conocían, sería legendaria.

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