Una vez que el objetivo fue fijado, la sala de guerra se transformó en un centro de investigación de alta intensidad. La audaz declaración de Valentina de "ejecutar una operación de extracción" no era una simple bravuconada; estaba basada en una intuición que ahora necesitaba ser respaldada por datos fríos y duros. Durante la siguiente semana, el equipo de Creativos V.R. se sumergió en una investigación exhaustiva del Banco Nacional Andino, una inmersión tan profunda que rozaba la obsesión.
No se limitaron a los informes anuales y a los comunicados de prensa. Valentina dividió al equipo en células de investigación, cada una con una misión específica. Carlos usó su vasta red de contactos en el mundo de la producción para hablar, de manera extraoficial, con personas que habían trabajado en las últimas campañas del banco. Quería saber sobre la dinámica interna, sobre las frustraciones, sobre los procesos de aprobación. Lo que descubrió fue revelador: el equipo de marketing del banco, liderado por una nueva y ambiciosa vicepresidenta formada en Estados Unidos, estaba profundamente frustrado con la lentitud y la falta de imaginación de Grupo Vega, pero se sentían atados por la lealtad histórica de la junta directiva hacia la familia Vega.
Mientras tanto, Valentina encargó a su nuevo planificador de medios y a los diseñadores junior una tarea de análisis de sentimiento digital. Rastrearon miles de conversaciones en redes sociales, blogs y foros sobre el Banco Nacional Andino. Los resultados confirmaron la intuición de Valentina. Para la generación de mayores de cincuenta años, el banco era un símbolo de seguridad y tradición. Pero para los millennials y la Generación Z, era prácticamente invisible, o peor aún, era visto como "el banco de mis papás", una reliquia anticuada, lenta y desconectada de su realidad digital. Su imagen no era mala; era inexistente. Y en el mundo moderno, la irrelevancia es una sentencia de muerte más lenta pero igual de segura que un escándalo.
La propia Valentina se dedicó a analizar la estrategia de comunicación del banco de los últimos cinco años. Se encerró en su oficina durante dos días, rodeada de anuncios impresos, spots de televisión y folletos corporativos. Lo que vio fue un patrón de complacencia. Las campañas de Grupo Vega eran impecables en su ejecución, pero completamente predecibles. Mostraban a parejas mayores sonriendo en campos de golf, a empresarios estrechando manos en salas de juntas, a familias felices comprando su primera casa. Eran imágenes de un mundo que ya no existía, un mundo de estabilidad y certezas que se sentía completamente ajeno a la vida precaria y fluida de las nuevas generaciones. Grupo Vega no le estaba vendiendo al banco una estrategia de futuro; le estaban vendiendo una dosis de nostalgia por su propio pasado glorioso.
El descubrimiento clave, la grieta en la armadura que estaban buscando, llegó a través de una investigación de mercado que Mateo, usando los recursos de ConectaTech, encargó discretamente. El estudio se centró en los hábitos financieros de los colombianos menores de treinta y cinco años. Los resultados fueron demoledadores para el Banco Nacional Andino. La gran mayoría de los jóvenes no solo no eran clientes, sino que ni siquiera lo consideraban una opción. Preferían las fintechs ágiles, los neobancos sin sucursales, las aplicaciones que les hablaban en su propio idioma de inmediatez y transparencia.
Al final de la semana, el equipo se reunió de nuevo en la sala de guerra. La pizarra ahora estaba cubierta de datos, de citas de redes sociales, de gráficos que mostraban la caída demográfica del banco.
—Lo tenemos —dijo Valentina, su voz vibraba de excitación—. El Banco Nacional Andino no es una fortaleza inexpugnable. Es un castillo de arena, hermoso y antiguo, pero la marea de la modernidad está a punto de llevárselo por delante. Están sentados sobre una bomba de tiempo demográfica y lo saben. Están preocupados, están buscando desesperadamente una forma de conectar con una generación más joven, pero su agencia de toda la vida es incapaz de darles la solución, porque ellos mismos son parte del problema.
La investigación no solo les había dado una estrategia. Les había dado un propósito. No iban a robarle un cliente a su rival. Iban a salvar a una institución venerable de su propia irrelevancia. Y esa, sabían, era una propuesta mucho más poderosa.

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