Mientras el equipo de Valentina trabajaba con la precisión de un comando de fuerzas especiales, en la torre de Grupo Vega, la atmósfera era de una arrogancia complaciente. La renovación del contrato con el Banco Nacional Andino, que se negociaba cada cinco años, era vista no como una competencia, sino como una formalidad, una tradición tan arraigada como las procesiones de Semana Santa.
La reunión para discutir la estrategia de renovación tuvo lugar en el imponente despacho de Don Ricardo Vega. Era una demostración de poder. El patriarca había convocado a Alejandro y a los directores de cuenta más veteranos, relegando a Isabella a un rol secundario de tomar notas, un sutil recordatorio de su reciente fracaso.
Don Ricardo presidía la reunión desde detrás de su escritorio de caoba, un puro apagado entre sus dedos.
—El Banco Nacional Andino —comenzó, su voz era un murmullo grave que no necesitaba ser alzado para imponer respeto—. No es un cliente. Es patrimonio. La relación de nuestras familias se remonta a mi padre y al abuelo de Hernán Caballero, el actual presidente del banco. Esta renovación es una cuestión de honor.
Alejandro, desesperado por recuperar el favor de su tío, intentó mostrar iniciativa.
—He estado pensando, tío. Quizás deberíamos proponerles algo más… moderno. Una campaña digital, quizás con algunos influencers…
Don Ricardo lo silenció con una mirada gélida.
—No seas ingenuo, Alejandro. A Hernán Caballero no le importan los influencers. Le importa la tradición. Le importa la seguridad. Le importa la imagen de que su banco es una roca inamovible en un mundo de incertidumbre. Nuestra estrategia será la misma que nos ha funcionado durante cincuenta años: la solidez.
La visión de Don Ricardo era un reflejo de su propia personalidad. Creía que la mejor manera de proyectar fuerza era a través de la inmutabilidad.

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