Dentro del imperio Vega, la disidencia era un concepto extraño y peligroso. La lealtad a la familia, y en particular al patriarca Don Ricardo, era el pilar sobre el que se sostenía toda la estructura. Sin embargo, en los márgenes de ese imperio, existían focos de descontento silencioso. Y uno de los más significativos era Daniela Vega, la hermana menor de Alejandro.
Daniela era la antítesis de su hermano. Mientras Alejandro era carismático, superficial y hambriento de poder, Daniela era introvertida, analítica y poseía una brújula moral que a menudo chocaba con la pragmática y a veces cruel forma de hacer negocios de su familia. Trabajaba en la fundación de la empresa, un rol que su tío le había asignado por considerarla demasiado "blanda" para el verdadero campo de batalla corporativo. Desde esa posición, Daniela había sido testigo durante años de las tácticas de intimidación de su tío y de la arrogancia negligente de su hermano. Había observado en silencio el trato que le daban a Valentina, una mujer a la que, a pesar de la distancia formal, siempre había admirado por su talento e integridad. La humillación pública y la posterior guerra sucia contra ella la habían disgustado profundamente.
La gota que colmó el vaso fue la reunión sobre la propuesta para el Banco Nacional Andino. Daniela no había estado presente, pero las paredes en Grupo Vega tenían oídos. Escuchó de un joven y aterrorizado director de cuentas cómo su tío había ridiculizado la idea de apelar al mercado joven, cómo había impuesto una estrategia arcaica y desconectada de la realidad. Para Daniela, esto no era solo una mala decisión de negocios; era un acto de una arrogancia tan ciega que ponía en peligro el legado de su abuelo. Vio a su tío y a su hermano no como líderes fuertes, sino como dinosaurios negándose a ver el meteorito que se dirigía directamente hacia ellos.
Movida por una mezcla de disgusto moral y un pragmático instinto de supervivencia —sabía que si la empresa se hundía, su amada fundación se hundiría con ella—, Daniela tomó una decisión que cambiaría el curso de la guerra. Fue un acto de traición a su familia, pero para ella, fue un acto de lealtad a un principio más elevado: la sensatez.
Esa noche, trabajando hasta tarde en su oficina, aprovechó que la mayoría de la gente se había ido. Accedió a los servidores de la empresa, un privilegio que tenía como miembro de la familia. Con el corazón latiéndole con fuerza, navegó hasta la carpeta del proyecto del Banco Nacional Andino. Encontró el borrador de la propuesta que el equipo creativo estaba desarrollando bajo las estrictas y anticuadas directrices de Don Ricardo. Era exactamente como se lo habían descrito: pulcra, profesional y aburridamente predecible. Un panfleto de un mundo que ya no existía.

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