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La Valiente Transformación de una Esposa Menospreciada romance Capítulo 19

Durante la siguiente hora, Valentina fue testigo de un espectáculo tan descarado y público que resultaba casi surrealista. Alejandro e Isabella no hicieron el más mínimo esfuerzo por disimular su cercanía; al contrario, parecían deleitarse en ella. Se movían por el opulento salón no como jefe y empleada, sino como una unidad, como la verdadera pareja de poder de la noche.

Él la presentaba a los importantes inversores de Nueva York no como una simple creativa, sino como "su mano derecha, la mente visionaria detrás de nuestros últimos y más grandes éxitos". La forma en que lo decía, con un brazo posesivamente colocado en la parte baja de la espalda de ella, dejaba poco a la imaginación. Isabella, a su vez, desempeñaba su papel a la perfección. Lo miraba con una adoración calculada, le tocaba el brazo con familiaridad cuando él hablaba, reía en el momento justo de sus chistes, y de vez en cuando le susurraba cosas al oído, creando una burbuja de intimidad que excluía a todos los demás. Posaban juntos para las fotos de las páginas de sociales, sus cuerpos tan cerca, cadera con cadera, que no dejaban espacio para la duda ni para el respeto.

Valentina observaba todo esto desde una distancia estratégica, circulando por los bordes del salón, hablando con algunos clientes y colegas, manteniendo una sonrisa serena y distante. Cada vez que sus ojos se cruzaban con los de algún conocido, veía la misma expresión en sus rostros: una mezcla incómoda de lástima, curiosidad morbosa y alivio por no estar en sus zapatos. Se había convertido en el tema de conversación silencioso de la fiesta. La "pobre Valentina", la esposa engañada que tenía que soportar la humillación con la dignidad que le quedaba.

Lo que nadie en esa sala podía saber era que, debajo de su expresión serena y su aparente resignación, la lástima que sentían por ella se estaba transformando en una rabia fría, metódica y concentrada. No se sentía una víctima; se sentía como una detective recopilando pruebas. Cada risa compartida entre Alejandro e Isabella, cada gesto de familiaridad, cada fotografía para la que posaban juntos, era una nueva pieza de evidencia que ella almacenaba en su memoria. No estaba simplemente soportando la humillación; la estaba observando, documentando y reuniendo municiones para la guerra que sabía que se avecinaba.

En un momento dado, vio a Carla Rincón, la incisiva periodista de la principal revista de negocios del país, observando a la pareja con una ceja levantada y una media sonrisa cínica. Sus miradas se cruzaron por un instante a través del salón, y Valentina vio en los ojos de la periodista no lástima, sino el agudo interés profesional de alguien que huele una buena historia, un escándalo en potencia.

El punto culminante de la humillación, el acto final del espectáculo, llegó durante el brindis. Alejandro subió a un pequeño escenario, bañado por la luz de un reflector. Agradeció a todos por venir y habló del brillante futuro de la empresa. Al final, levantó su copa de champaña.

—Y quiero brindar por ese futuro. Un futuro brillante, lleno de innovación, audacia y una pasión inagotable, encarnado por la nueva generación de líderes de esta compañía, personas como la increíble Isabella Montenegro. ¡Salud!

El nombre, una vez más, resonó en el salón, amplificado por los altavoces. Isabella, sentada en la mesa principal, se levantó y levantó su copa hacia él, sus ojos brillando de triunfo bajo las luces del candelabro. Era una repetición del evento "Luna Escarlata", pero a una escala mucho mayor, frente a la élite financiera y social de Bogotá. Era una declaración pública, un mensaje para todos los presentes, pero especialmente para Valentina: "Ella es la importante. Ella es el futuro. Tú eres el pasado".

Valentina, de pie cerca del bar, levantó su propia copa en silencio, el cristal frío contra sus dedos. No brindó por el futuro de Grupo Vega. Brindó por el futuro de su propia libertad. Y supo, con una certeza absoluta y liberadora, que ese futuro no incluía, bajo ninguna circunstancia, a Alejandro Vega.

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