La noche de la gala, una bruma fría y densa, la típica "nevera" bogotana que cala hasta los huesos, envolvía las colinas y los cuidados campos de golf que rodeaban el Country Club. El desfile de camionetas blindadas y coches de lujo que se dirigían a la entrada principal era un espectáculo en sí mismo, una procesión de poder y riqueza.
Dentro de su Mercedes, el silencio era, una vez más, su único y tenso acompañante. Alejandro conducía con una concentración feroz, sus nudillos blancos sobre el volante de cuero. Iba vestido con un esmoquin de Tom Ford a medida que lo hacía parecer una estrella de cine, pero su mandíbula apretada delataba su mal humor. Cuando Valentina había salido de su habitación con el vestido rojo, él la había mirado de arriba abajo con una lentitud insultante, y una mueca de profundo desaprobación había cruzado su rostro.
—¿No crees que es… demasiado? —había preguntado, su crítica velada en una pregunta retórica. No le preocupaba que fuera demasiado para ella, sino que le robara el protagonismo a él.
—¿Demasiado qué, Alejandro? ¿Demasiado rojo? ¿Demasiado yo? —había respondido ella con una calma helada, mirándolo directamente a los ojos, sin retroceder. Él, sorprendido por su desafío directo, no había vuelto a decir una palabra en todo el trayecto.
Al llegar a la entrada del club, los flashes de los fotógrafos de sociales estallaron como fuegos artificiales, creando una lluvia de luz blanca y cegadora. Un valet con guantes blancos les abrió la puerta. Alejandro salió primero, recomponiendo su rostro en su característica sonrisa de un millón de dólares para las cámaras. Luego, como dictaba el guion, le tendió la mano a Valentina. Era parte del teatro, el gesto del esposo atento y caballeroso, una actuación para el público.

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