La victoria de Valentina y la humillación de los Vega no fueron un evento aislado; fueron el epicentro de un terremoto que continuó enviando réplicas destructivas a través de Grupo Vega. La presión en la agencia se volvió insoportable. La noticia de la demanda por propiedad intelectual que Don Ricardo había prometido interponer, sumada a la investigación antimonopolio que se cernía sobre los Castillo, creó una atmósfera de guerra total que envenenó cada rincón de la oficina. Los clientes estaban nerviosos, los empleados aterrorizados y el futuro, que antes parecía un horizonte de infinitas posibilidades, ahora era una niebla densa y ominosa.
Los pasillos, que antes bullían con la energía de la creatividad y el chisme, ahora estaban sumidos en un silencio tenso. La gente se comunicaba en susurros, con miradas furtivas, temiendo que cualquier palabra fuera malinterpretada como una deslealtad. La moral se había desplomado. El éxodo de talento que Carlos había predicho comenzó a materializarse, no como una inundación, sino como una fuga lenta y constante de los mejores y más brillantes, que buscaban refugio en agencias de la competencia o, en muchos casos, enviaban sus hojas de vida directamente a Creativos V.R.
En el centro de esta espiral descendente estaba Alejandro. La orden de su tío de "recomponerse" había tenido el efecto contrario. La pérdida de control, la humillación de ser reducido a una simple marioneta, lo había empujado aún más al abismo. Su descenso ya no era solo una cuestión de beber en exceso; era una abdicación total de sus responsabilidades.
Llegaba a la oficina tarde, a menudo después del mediodía, su rostro hinchado por el alcohol y la falta de sueño. Su impecable sentido de la moda había sido reemplazado por una descuidada indiferencia. Sus trajes estaban arrugados, su barba sin afeitar, y sus ojos, antes brillantes de carisma y arrogancia, ahora estaban apagados, inyectados en sangre, llenos de una rabia sorda y una profunda autocompasión. Pasaba la mayor parte del día encerrado en su despacho, no trabajando, sino mirando por la ventana o navegando sin rumbo por internet, con una botella de whisky siempre al alcance de la mano.
Su comportamiento se volvió errático e impredecible. En las pocas reuniones a las que asistía, alternaba entre una apatía total, mirando su teléfono con desinterés, y explosiones de ira desproporcionada por detalles insignificantes. Le gritaba a los asistentes por traerle el café equivocado, humillaba a los directores de cuenta en público por errores menores y rechazaba ideas creativas con un desprecio cruel, sin ofrecer ninguna alternativa.
Los empleados, que antes lo temían y respetaban, ahora simplemente lo evitaban. Se había convertido en un rey loco, atrincherado en su castillo en ruinas, mientras su reino se desmoronaba a su alrededor. La presión de la guerra, la herida a su ego y la pérdida de Valentina lo habían quebrado. Ya no era el líder de un imperio; era el fantasma que lo atormentaba. Y su comportamiento errático estaba a punto de provocar la implosión final de la tóxica alianza que había construido sobre las cenizas de su matrimonio.

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