Isabella sintió cómo la sangre se le subía al rostro, un calor abrasador de rabia y humillación. Durante un instante, el shock la dejó sin palabras. Había aguantado los crecientes desprecios de Alejandro en privado, sus humillaciones, su negligencia emocional. Pero ser culpada públicamente por un fracaso que era enteramente de él y de su tío, ser ofrecida como un sacrificio para salvar su ego herido… eso era una traición que ni siquiera ella, una maestra de la duplicidad, podía tolerar.
Levantó la vista de la mesa, y la expresión de su rostro ya no era la de una subordinada asustada. Sus ojos, normalmente llenos de una adulación calculada, ahora ardían con una furia fría y desafiante. No se dirigió a Alejandro. Se dirigió a todo el equipo.
—Es interesante que se hable de "gestión deficiente" —comenzó, su voz era sorprendentemente tranquila, pero con un filo de acero que hizo que todos se enderezaran en sus asientos—. Porque, si mi memoria no me falla, la "gestión" de este proyecto consistió en ejecutar una estrategia que nos fue impuesta de forma dictatorial, sin permitir el más mínimo debate o aportación creativa.
Miró directamente a Alejandro, y por primera vez, lo desafió en público.
—La estrategia conservadora, la idea de vender nostalgia y tradición, no fue mía, Alejandro. Fue tuya. Y de tu tío.
Un jadeo ahogado recorrió la sala. Mencionar a Don Ricardo en ese contexto era un acto de una audacia suicida.
—Recuerdo perfectamente esta misma sala —continuó Isabella, su voz ganando fuerza con cada palabra—. Recuerdo a un joven director de cuentas sugiriendo tímidamente que quizás deberíamos enfocarnos en el mercado joven. Y recuerdo cómo fue silenciado y ridiculizado por proponer algo que se saliera del guion.
La sala estaba en un silencio sepulcral. Isabella había hecho lo impensable. No solo había rechazado el papel de chivo expiatorio, sino que le había devuelto la acusación a Alejandro, exponiéndolo como un líder débil que se escondía detrás de las faldas de su tío y que era incapaz de asumir la responsabilidad de sus propios errores.
—Así que, si estás buscando un culpable por esta humillación, Alejandro —concluyó, su voz era un susurro venenoso que resonó en toda la sala—, te sugiero que busques un espejo.
La fachada de poder de Alejandro se hizo añicos. La defensa de Isabella no solo lo había desarmado; lo había emasculado frente a todo su equipo. La guerra entre ellos acababa de dejar de ser privada. Se había convertido en un espectáculo público.

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