El desafío público de Isabella dejó a Alejandro completamente descolocado. Su rostro pasó de la furia a la incredulidad y de vuelta a una rabia lívida. Se puso de pie de un salto, su silla de cuero chirriando en protesta.
—¿Cómo te atreves? —siseó, su voz era un temblor de furia contenida—. ¿Cómo te atreves a hablarme así, frente a mi equipo? ¡Después de todo lo que he hecho por ti!
—¿Lo que has hecho por mí? —replicó Isabella, soltando una risa amarga y sin alegría que heló la sangre de todos los presentes—. ¿Te refieres a ascenderme a un cargo inventado para tenerme más cerca, o a regalarme un apartamento con el dinero de la empresa, un "regalo" que ahora me ha convertido en cómplice de tu fraude?
La mención del apartamento y del fraude fue una bomba nuclear en medio de la sala. El equipo, que hasta ahora había sido testigo de una brutal pelea de egos, de repente se dio cuenta de que estaba presenciando algo mucho más oscuro y peligroso. Las miradas de pánico se cruzaron sobre la mesa. Nadie quería ser testigo de esa conversación.
—Cierra la boca, Isabella —advirtió Alejandro, su voz era un gruñido bajo, dándose cuenta demasiado tarde del terrible error que había cometido al confrontarla en público.
—¿O qué? ¿Me vas a despedir? —lo desafió ella, su desesperación la volvía temeraria—. ¿Vas a deshacerte de mí como intentaste hacer con Valentina? No soy tan fácil de intimidar, Alejandro. Yo sé dónde están enterrados todos los cadáveres.
La discusión se había vuelto personal, fea, un torbellino de insultos velados y amenazas apenas disimuladas. La fachada de pareja de poder que habían mantenido con tanto esmero durante años se agrietó y luego se hizo añicos, revelando la estructura podrida de mentiras, interés y desprecio mutuo que había debajo.
—¡Esta reunión ha terminado! —gritó, su voz resonando en la sala—. ¡Isabella, a mi oficina, ahora mismo! ¡Y el resto de ustedes, vuelvan a sus escritorios!
Se dio la vuelta y salió de la sala de juntas, su paso era un intento de proyectar una autoridad que ya no poseía. Isabella lo siguió, no con la sumisión de una empleada, sino con la mirada desafiante de una enemiga que sabe que tiene munición.
La puerta se cerró detrás de ellos, pero la tensión que dejaron atrás era casi irrespirable. La primera grieta en su alianza tóxica se había convertido en un abismo insalvable. Y en ese abismo, el futuro de Grupo Vega estaba a punto de caer.

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