Alejandro, con la ayuda experta y discreta del Coronel Salgado, se dedicó a construir su trampa con el esmero de un artesano. No era una simple trampa digital; era una obra de arte de la manipulación psicológica, diseñada específicamente para apelar a la codicia y a la ambición de Isabella.
Crearon lo que en el mundo del espionaje se conoce como una "carpeta honeypot" (tarro de miel), una trampa diseñada para ser irresistible para su objetivo. La crearon en un rincón supuestamente ultra seguro del servidor personal de Don Ricardo, un lugar al que Isabella solo podría acceder si se esforzaba, lo que haría que su contenido pareciera aún más valioso y secreto.
El nombre de la carpeta fue la primera pieza del cebo: "CASTILLO_V_VEGA_EstrategiaLegal". Era un título tan jugoso, tan lleno de promesas de secretos de alto nivel, que sabían que Isabella no podría resistirse.
Dentro de la carpeta, colocaron una serie de documentos cuidadosamente fabricados, una mezcla de verdades a medias y ficciones audaces para hacerlos completamente creíbles. El primer documento era un supuesto informe de un investigador privado que habían contratado para investigar a Mateo Castillo. El informe era una obra maestra de la difamación, lleno de "descubrimientos" sobre supuestas deudas de juego de su juventud, relaciones amorosas fallidas y una "debilidad psicológica" por las mujeres fuertes e independientes que "buscaban una figura paterna". Era el tipo de información personal y sucia que podría usarse para desestabilizar a Mateo o para envenenar su relación con Valentina.
El segundo documento era una serie de correos electrónicos falsificados entre Alejandro y su tío. En ellos, discutían planes para usar tácticas ilegales en su guerra contra los Castillo, incluyendo sobornos a funcionarios del gobierno para acelerar la investigación antimonopolio y la contratación de hackers para infiltrarse en los servidores de ConectaTech. Los correos estaban escritos en un lenguaje que imitaba perfectamente el estilo arrogante de Don Ricardo y el más impulsivo de Alejandro.
El documento final, la joya de la corona del engaño, era un estado de cuenta bancario falso de una cuenta offshore en Panamá. El estado de cuenta mostraba una transferencia de cinco millones de dólares a un "consultor político" para "servicios de cabildeo" relacionados con el caso Castillo. Era la prueba irrefutable de un soborno a gran escala.
La información era una bomba atómica, el tipo de material que podría destruir no solo a Alejandro, sino al intocable Don Ricardo, y que valdría una fortuna si se vendiera a la prensa o, mejor aún, a la familia Castillo.
Una vez que el cebo estuvo listo, Alejandro preparó la última pieza de la trampa. Dejó su propio computador portátil desbloqueado en su despacho una noche, con un programa de encriptación abierto. Cerca del portátil, dejó una nota adhesiva, como si la hubiera olvidado por descuido. En la nota, había una serie de números y letras aparentemente aleatorios, pero que contenían la clave para descifrar el acceso a la carpeta secreta. Era un anzuelo brillante: le daba a Isabella la sensación de que había sido más astuta que él, que había descubierto su secreto por su propia inteligencia.
Luego, se fue de la oficina, dejando la puerta de su despacho sin cerrar del todo. Y esperó. A través del software de vigilancia instalado en el teléfono de Salgado, observó los registros de actividad de la red de la empresa, como un spider esperando pacientemente a que la mosca, atraída por el olor dulce y pegajoso de la miel, entrara en su telaraña.

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