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La Valiente Transformación de una Esposa Menospreciada romance Capítulo 207

El software de vigilancia no tardó en dar sus frutos. Menos de cuarenta y ocho horas después de su instalación, el Coronel Salgado entró en el despacho de Alejandro con una tablet en la mano. No dijo nada. Simplemente se la entregó a su jefe. En la pantalla, había un informe detallado, con registros de tiempo y capturas de pantalla, que mostraba la actividad nocturna de Isabella en el servidor de la empresa.

Alejandro leyó el informe, y con cada línea, su paranoia se transformó en una furia helada y una extraña sensación de validación. No se lo había imaginado. La traición era real. El informe detallaba cómo Isabella, usando sus credenciales de acceso de alto nivel, estaba sistemáticamente accediendo y copiando grandes cantidades de datos sensibles durante las horas en que la oficina estaba vacía. No eran solo archivos de proyectos. Eran informes financieros, contratos de clientes, cadenas de correos electrónicos confidenciales de la junta directiva e incluso archivos de las carpetas personales de Don Ricardo, a las que ella no debería tener acceso bajo ninguna circunstancia.

La primera reacción de Alejandro fue un destello de rabia blanca y pura. Quería levantarse, caminar hasta la oficina de Isabella, arrastrarla fuera del edificio y entregarla a la policía. Quería destruirla, humillarla, hacerla pagar por su audacia. La idea de la confrontación, de gritarle, de ver el miedo en sus ojos, era increíblemente tentadora.

Pero entonces, una voz más fría y calculadora, la voz de su tío, la voz del poder real, se hizo oír en su mente. Una confrontación directa sería un error. Sería emocional, caótica. Isabella era una serpiente acorralada, y una serpiente acorralada es más peligrosa. Podría tener copias de seguridad. Podría tener un plan de contingencia para filtrar la información que ya había robado en el momento en que él la confrontara. Recordó su amenaza en la sala de juntas: "Yo sé dónde están enterrados todos los cadáveres". Una confrontación pública podría desatar una guerra de destrucción mutua que él, en su posición debilitada, no podía permitirse.

No, no podía simplemente despedirla o demandarla. Necesitaba neutralizarla. Necesitaba despojarla de su única arma: la credibilidad. Necesitaba tenderle una trampa, una tan perfecta y tan irrefutable que, si alguna vez intentaba usar la información que había robado, nadie le creería. Necesitaba que pareciera no una denunciante, sino una ladrona vengativa y deshonesta.

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