El plato principal, un filete miñón perfectamente cocido, fue servido, y la conversación en la mesa de Valentina derivó hacia temas más triviales y seguros: los planes para las vacaciones de fin de año en Miami, los problemas para encontrar un buen servicio doméstico en Bogotá, el último chisme sobre una actriz de telenovela. Valentina se relajó un poco, permitiéndose un respiro. Quizás lo peor de la noche, la tortura social, ya había pasado. Se equivocaba garrafalmente.
Estaba escuchando a medias una anécdota interminable de Mónica sobre un bolso de diseñador que había comprado en Nueva York, cuando Patricia de Jiménez, sentada a su lado, se giró bruscamente hacia ella. Sostenía su copa de vino tinto, llena hasta el borde, con una mano adornada con un enorme anillo de diamantes.
—Pero, Valentina, de verdad tienes que contarme dónde conseguiste ese vestido, es que no puedo superarlo, es tan… —comenzó a decir, y en medio de la frase, su mano hizo un movimiento torpe y exagerado, un gesto demasiado amplio, demasiado teatral para ser natural.
La copa de vino se inclinó, como en una película a cámara lenta. Un chorro rojo oscuro, casi negro bajo las luces tenues, se derramó en un arco preciso, aterrizando directamente sobre la falda del vestido de Valentina. El líquido se absorbió instantáneamente en la delicada seda, creando una mancha oscura y húmeda que se extendió rápidamente como una hemorragia.
—¡Ay, por Dios! ¡Qué torpe soy! ¡No lo puedo creer! —exclamó Patricia, su voz chillona llena de una falsa y exagerada consternación. Se llevó la mano libre a la boca, sus ojos abiertos de par en par en una actuación digna de un Oscar—. ¡Valentina, lo siento muchísimo! ¡Te lo juro, se me resbaló la mano!



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Valiente Transformación de una Esposa Menospreciada