El baño de damas del Country Club era un santuario de mármol de Carrara, grifos dorados con forma de cisne y espejos con marcos ornamentados. Valentina entró y se apoyó contra la pesada puerta de madera cerrada, respirando hondo por primera vez en lo que parecieron horas. El aire fresco y perfumado del tocador, con un ligero aroma a lirios, era un alivio del ambiente cargado de comida, alcohol y falsedad del gran salón.
Se miró en el espejo. La mujer que le devolvía la mirada parecía una extraña, una actriz en el papel de su vida. Su maquillaje de noche, aplicado con tanto esmero, estaba intacto. Su peinado, un elegante recogido, seguía perfecto. Pero sus ojos contaban una historia completamente diferente. Estaban llenos de una mezcla de furia contenida, un dolor profundo y un agotamiento que le llegaba hasta el alma. Y luego estaba la mancha. La horrible mancha de vino en su vestido era como una herida abierta, un estigma visible de la hostilidad que había soportado.
Se acercó a uno de los lavamanos de mármol y abrió el grifo dorado, dejando correr el agua fría. Mojó una de las pequeñas toallas de lino apiladas en una bandeja de plata y la aplicó sobre la mancha con pequeños toques. Pero, como sabía que ocurriría, el remedio fue peor que la enfermedad. El agua solo consiguió extender la mancha, diluyendo el color pero ampliando el área dañada, dejando un cerco rosado y húmedo alrededor del epicentro oscuro. Era inútil. El vestido estaba arruinado. Su noche estaba arruinada. Su vida, se dio cuenta con una claridad dolorosa, también lo estaba.
Apoyó ambas manos en el mármol frío del lavabo y bajó la cabeza, cerrando los ojos con fuerza, luchando contra las lágrimas de rabia y frustración que amenazaban con brotar. No lloraría. Se había prometido a sí misma no darles esa satisfacción. Pero la presión en su pecho era insoportable, una banda de acero que le oprimía los pulmones y le dificultaba respirar. Se sentía como si se estuviera ahogando en un mar de sonrisas falsas y copas de vino.
La puerta del baño se abrió con un suave chasquido y entró Mónica de Sampedro, una de las mujeres de su mesa. Al ver a Valentina, su rostro adoptó una expresión de lástima exagerada.

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