A la mañana siguiente, Alejandro llegó a la oficina con una energía y una compostura que nadie le había visto en semanas. Su traje estaba perfectamente planchado, su rostro recién afeitado, y en sus ojos había un brillo de confianza fría y peligrosa que hizo que sus empleados bajaran la mirada a su paso. El rey loco había sido reemplazado por un verdugo.
Le pidió a su asistente que convocara a Isabella a su oficina de inmediato.
Isabella entró unos minutos después, su rostro era una máscara de una calma arrogante. Creyendo que tenía la sartén por el mango, había pasado la noche planeando su estrategia de negociación. Estaba lista para hacer sus demandas, para exigir un acuerdo de salida de siete cifras a cambio de su silencio.
—Alejandro, qué bueno que me llamaste. Justo quería hablar contigo —comenzó, tomando la iniciativa, sentándose en una de las sillas frente a su escritorio sin ser invitada.
—Yo también quería hablar contigo, Isabella —respondió él, su voz era suave como la seda—. He estado pensando mucho en tu futuro. En esta empresa y fuera de ella.
—Me alegro —dijo ella con una sonrisa de suficiencia—. Porque yo también he estado pensando. Y creo que hemos llegado a un punto en el que un acuerdo de salida mutuamente beneficioso sería lo mejor para todos. Un acuerdo que garantice mi… discreción.
Alejandro la dejó hablar, una sonrisa casi imperceptible jugando en sus labios. Escuchó sus veladas amenazas, sus insinuaciones sobre la "información sensible" que poseía, su demanda de una "compensación justa" por sus años de "lealtad".
Cuando ella finalmente terminó su discurso, él se recostó en su silla y la miró durante un largo momento.
—Es una propuesta interesante, Isabella. Muy audaz —dijo, su tono era casi admirativo—. Pero me temo que hay un pequeño problema con tu plan.

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