Una vez tomada la decisión, Isabella actuó con la misma frialdad y precisión con la que había copiado los archivos. Sabía que no podía contactar a Valentina directamente. Cualquier comunicación entre ellas sería inmediatamente sospechosa y podría ser rastreada. Tenía que entregar el arma de una forma que fuera anónima, pero que al mismo tiempo dejara claro su origen y su propósito. Tenía que ser un mensaje que solo Valentina, con su conocimiento de la intriga y el drama que las rodeaba, pudiera descifrar.
Compró una memoria USB nueva y barata en una tienda de electrónica, pagando en efectivo. De vuelta en su habitación de hotel, comenzó el meticuloso proceso de seleccionar los archivos. No copió todo el disco duro. Eso sería abrumador y podría contener rastros de su propia implicación. En cambio, seleccionó solo los documentos más damning, las "joyas de la corona" de la corrupción de los Vega. Eligió los correos que implicaban a Don Ricardo en el soborno al senador, los estados de cuenta de Miami que probaban el esquema de lavado de dinero con el proveedor, y, como un toque de malicia personal, la propuesta completa de la "Campaña Fantasma" que probaba el fraude del apartamento que le habían regalado y luego arrebatado. Era un paquete de destrucción cuidadosamente curado.
Luego, se enfrentó al desafío de cómo comunicar el mensaje. Necesitaba una sola palabra, una que encapsulara su motivación, su rabia y la naturaleza del regalo que estaba a punto de hacer. Tomó una hoja de papel en blanco del hotel y, usando una vieja máquina de escribir que había comprado en el mercado de las pulgas para un proyecto de decoración, tecleó una única palabra en el centro de la página. La elección de la máquina de escribir era deliberada: era imposible de rastrear, y su estética anticuada añadía un toque de melodrama que sabía que no pasaría desapercibido. La palabra que eligió fue: Venganza.
Colocó la memoria USB y la nota doblada dentro de un sobre acolchado de color manila. No escribió ninguna dirección de remitente.
El último paso era la entrega. No podía arriesgarse a usar un servicio de mensajería tradicional que requiriera una identificación. Salió a la calle y encontró a un joven repartidor de Rappi que esperaba un pedido fuera de un restaurante. Se acercó a él, su rostro oculto por unas grandes gafas de sol.
—¿Cuánto me cobras por llevar este sobre a una dirección en Chapinero ahora mismo? —le preguntó, mostrándole un fajo de billetes. La suma era ridículamente alta para una simple entrega.
El joven la miró con sorpresa y codicia.

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