El sobre acolchado de color manila se sentía extrañamente pesado en la mano de Valentina, un peso que no era físico, sino simbólico. La reunión creativa se había disuelto en un murmullo de despedidas, dejando a Valentina sola en su despacho con el misterioso paquete. El mundo exterior, con su luz de tarde y sus sonidos cotidianos, pareció desvanecerse, y su universo se redujo a la superficie de su escritorio, donde descansaban la memoria USB y la nota solitaria.
Desdobló la nota de nuevo. La palabra "Venganza", tecleada con la tinta imperfecta de una vieja máquina de escribir, la miraba fijamente. Era una palabra tan cargada de melodrama, tan teatral, que solo podía pertenecer al repertorio de una persona. Isabella. Un escalofrío recorrió la espalda de Valentina, una mezcla de repulsión y una fascinación casi morbosa. Era como recibir una carta de un fantasma, de una enemiga que creía haber derrotado y exiliado.
Su primer instinto fue de una cautela extrema. Esto tenía que ser una trampa. Después de la humillación de su despido, Isabella estaría desesperada, y una persona desesperada era impredecible y peligrosa. ¿Qué podría contener esa memoria USB? ¿Un virus diseñado para destruir los sistemas de su agencia? ¿Un archivo trampa para rastrear su ubicación? ¿O quizás, algo aún más retorcido, un montaje, una pieza de desinformación diseñada para hacerla caer en una trampa legal o pública? Su mente, entrenada para la estrategia, recorrió todos los escenarios posibles, cada uno más siniestro que el anterior.
Se levantó y caminó hacia la ventana, sosteniendo la pequeña memoria USB entre el pulgar y el índice, como si fuera un insecto venenoso. La luz del sol se reflejaba en su carcasa de plástico barato. Parecía tan inofensiva. Y sin embargo, su instinto, afilado por meses de guerra psicológica y traición, le gritaba que ese pequeño objeto contenía un poder inmenso, para bien o para mal.
La palabra "Venganza" era la clave. Si el paquete venía de Isabella, la venganza no podía estar dirigida a ella, a Valentina. La rabia de Isabella, su odio, estaría enfocado en el hombre que la había utilizado y luego desechado como basura: Alejandro. Y, por extensión, en la familia que le había permitido hacerlo. Esto no era un ataque contra ella. Era una oferta. Una alianza profana. Isabella, despojada de su propia credibilidad, estaba intentando usar a Valentina como el vehículo para su revancha.
La idea era a la vez repulsiva y tentadora. Aceptar cualquier cosa de Isabella se sentía como ensuciarse las manos, como hacer un pacto con el diablo. Pero la posibilidad de que esa memoria USB contuviera la munición que necesitaba para terminar la guerra de una vez por todas era demasiado poderosa para ignorarla. Don Ricardo la estaba asfixiando, y ella necesitaba un arma nueva, una que él no viera venir.
Se quedó allí, de pie junto a la ventana, durante un largo rato, sopesando el riesgo contra la recompensa. El sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y morados. La ciudad se encendía lentamente, un recordatorio del mundo real, de las batallas que aún tenía que librar. Finalmente, tomó una decisión. No actuaría por impulso. No caería en una trampa por curiosidad. Abordaría esto de la única manera que sabía: con una estrategia fría, calculada y, sobre todo, con la ayuda de las únicas personas en el mundo en las que confiaba plenamente. Cogió su teléfono y llamó a Mateo. "Necesito verte", dijo, su voz era un susurro urgente. "Ha pasado algo".

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