Mateo llegó a la oficina de Chapinero en menos de veinte minutos, su rostro era una máscara de preocupación. Encontró a Valentina en su despacho, no trabajando, sino sentada en su silla, mirando fijamente la pequeña memoria USB que descansaba en el centro de su escritorio como si fuera un artefacto explosivo.
—¿Qué pasó? —preguntó él, cerrando la puerta detrás de sí—. Tu voz sonaba… diferente.
Sin decir una palabra, Valentina le entregó la nota con la única palabra tecleada. Mateo la leyó, y sus cejas se arquearon con sorpresa y comprensión.
—Isabella —dijo, no como una pregunta, sino como una afirmación.
—Es la única posibilidad —respondió Valentina—. El melodrama, la teatralidad… es su firma.
Luego, le señaló la memoria USB.
—Y dejó esto.
Mateo miró el pequeño dispositivo y luego a Valentina, su expresión se volvió seria, casi protectora.
—No la has conectado, ¿verdad?
—Por supuesto que no —dijo ella, un poco ofendida por la sugerencia de que sería tan imprudente—. No soy estúpida, Mateo. Esto grita "trampa" por todas partes. Podría ser un virus, un ransomware, un troyano… cualquier cosa.
—Bien —dijo él, visiblemente aliviado—. Has hecho lo correcto.
Se sentó en la silla frente a ella y tomó la memoria USB, examinándola.
—Entonces, la pregunta es: ¿qué hacemos con ella? Podríamos simplemente destruirla, asumir que es una trampa y evitar el riesgo.

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