Valentina guardó el celular y se acercó de nuevo al gran espejo dorado que dominaba la pared del tocador. Se miró fijamente, pero esta vez, con una intención diferente. No buscaba consuelo ni autocompasión. Buscaba a la mujer de la que Sofía había hablado, a la extraña que había sido ella misma hacía mucho tiempo.
Buscó a la estudiante universitaria que se quedaba hasta el amanecer debatiendo sobre arte y filosofía, con el pelo revuelto y los ojos brillantes de pasión. Buscó a la joven profesional que había entrado a su primera agencia de publicidad con más ganas que experiencia y que, a fuerza de talento y trabajo duro, había ascendido más rápido que nadie. Buscó a la mujer que se había enamorado perdidamente de un hombre carismático y ambicioso, creyendo en sus promesas de un mundo compartido, y que en el proceso, sin darse cuenta, se había perdido a sí misma, diluyéndose poco a poco hasta convertirse en un pálido reflejo de lo que él quería que fuera.
Lentamente, mientras sostenía su propia mirada en el espejo, algo cambió en su expresión. El dolor en sus ojos no desapareció, pero fue eclipsado por una nueva chispa de desafío. La resignación que había marcado la comisura de sus labios durante tanto tiempo se convirtió en una línea recta y firme de pura determinación. Se secó con el dorso de la mano las últimas lágrimas que no habían llegado a caer, un gesto brusco y definitivo.
Abrió su pequeño y elegante bolso de mano y sacó un labial rojo. No era un rojo discreto, sino un rojo intenso, audaz, el mismo tono exacto de su vestido. Con una mano sorprendentemente firme, se retocó los labios, definiendo el contorno con una precisión desafiante, casi agresiva. El color vibrante le devolvió la vida a su rostro pálido, un toque de color de guerra en medio de la batalla. Fue un pequeño acto de rebelión, pero se sintió como una declaración de independencia.
Ya no veía la mancha de vino en su vestido como una herida humillante, sino como una medalla. Una cicatriz de batalla que marcaba el punto de inflexión. El momento exacto en que había tocado fondo y había decidido, con cada fibra de su ser, que la única dirección posible era hacia arriba.
Respiró hondo, una respiración profunda que pareció llenarle los pulmones de aire por primera vez en años. Y con ese aire, inhaló una nueva resolución. Se acabó el aguantar en silencio. Se acabó el sonreír mientras la apuñalaban por la espalda. Se acabó el ser la víctima comprensiva y elegante.
Se miró una última vez en el espejo. La mujer que le devolvía la mirada ya no era una extraña. Era ella. La verdadera Valentina, forjada en el fuego de la humillación y lista para la acción. Y estaba lista para volver al campo de batalla. No para sobrevivir lo que quedaba de la noche, sino para empezar a ganarla. El fuego que Alejandro, Isabella y el resto de sus detractores habían intentado extinguir no se había apagado; sin saberlo, solo lo habían avivado hasta convertirlo en un incendio incontrolable.

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