Con una calma y una seguridad que sorprendieron incluso a sí misma, Valentina salió del baño. El sonido de sus tacones contra el mármol del pasillo era firme y rítmico, el sonido de una mujer con un propósito. No regresó a la mesa 14. No buscó a Alejandro para exigirle una explicación o para hacer una escena. Simplemente, comenzó a caminar con paso deliberado hacia la salida del gran salón.
Su paso era elegante pero decidido, y la gente, instintivamente, se apartaba para dejarla pasar. Atravesó la multitud con la cabeza en alto, su vestido rojo manchado ya no era una fuente de vergüenza, sino un estandarte de su rebelión silenciosa, una obra de arte abstracto creada por la malicia de sus enemigos. La gente se giraba a mirarla, susurrando, esperando verla llorar, o correr hacia su esposo, o causar un escándalo. En cambio, lo que veían era a una reina herida pero digna, abandonando un banquete que ya no era merecedor de su presencia.
Pasó junto a la mesa de las arpías. Patricia de Jiménez la vio venir y su sonrisa burlona se congeló en su rostro, reemplazada por una expresión de desconcierto al ver la mirada de acero en los ojos de Valentina. Valentina no le dirigió ni una sola mirada, ni el más mínimo gesto. Pasó de largo, como si la mujer y toda su mesa fueran completamente invisibles, indignas de su atención.
Luego, su camino la llevó inevitablemente cerca de la mesa principal. Alejandro seguía de espaldas a ella, completamente absorto en una conversación con uno de los inversores, gesticulando con su copa de whisky. Isabella, sin embargo, sí la vio. Sus ojos se encontraron por encima de la multitud en un instante cargado de electricidad. La sonrisa triunfante de Isabella vaciló, titubeó y finalmente se desvaneció al no encontrar la derrota y las lágrimas que esperaba en el rostro de Valentina. En su lugar, encontró una calma fría y peligrosa que la desconcertó profundamente, una serenidad que era mucho más amenazante que cualquier arrebato de ira.
Valentina sostuvo su mirada por un segundo más, una promesa silenciosa de que las cosas habían cambiado, y luego continuó su camino. No se detuvo. Siguió caminando, pasando junto a la orquesta que tocaba una melodía suave y romántica, junto a las parejas que bailaban ajenas a todo, junto a todo el teatro de falsedad y poder que había sido su vida durante demasiado tiempo.
En la entrada, un joven asistente de eventos se apresuró hacia ella.
—¿Señora Vega? ¿Se encuentra bien? ¿Necesita algo?
—Necesito que le pida al valet mi coche, por favor. O mejor aún, un taxi —respondió Valentina, su voz clara y firme.
Mientras esperaba en la entrada, sintiendo el aire frío de la noche bogotana en su piel, se sintió más ligera, más libre que en años. No estaba huyendo. Se estaba liberando. Cada paso que la alejaba de ese club, de esa gente, de esa vida, era un paso hacia la recuperación de sí misma. El taxi llegó, una mancha de luz amarilla en la oscuridad de la noche. Se subió, cerró la puerta con un sonido satisfactorio y, sin mirar atrás ni una sola vez, se marchó hacia su nueva vida.

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