La última semana antes de la presentación fue un ejercicio de perfeccionismo absoluto, orquestado y dirigido por Valentina. Con el concepto creativo sólidamente definido y el desarrollo visual en marcha, ahora tocaba ensamblar todas las piezas en una presentación impecable que no solo mostrara las ideas, sino que contara una historia cautivadora. El perfeccionismo de Valentina, que en el pasado había sido una fuente de estrés para sus equipos, ahora se convirtió en una fuerza contagiosa que elevó el estándar de todos.
Transformó la sala de juntas más pequeña en un cuarto de ensayo. Hizo que Carlos Nieto consiguiera un proyector y un sistema de sonido idénticos a los que usarían en la presentación final. No quería dejar absolutamente nada al azar. Cada detalle, desde el tipo de letra en las diapositivas hasta la transición entre ellas, fue examinado, debatido y pulido hasta alcanzar la perfección.
—La presentación es un producto en sí misma —les dijo al equipo, reunidos para el primer ensayo—. No estamos aquí para leer diapositivas. Estamos aquí para ofrecer una experiencia. Cada palabra, cada imagen, cada segundo de silencio, tiene un propósito.
El primer ensayo fue un desastre controlado. Los nervios hicieron que el redactor principal se trabara en el manifiesto. Las transiciones de las diapositivas estaban desincronizadas. El ritmo general era lento y carecía de impacto. Valentina escuchó todo en silencio, tomando notas en un cuaderno. No hubo críticas destructivas ni regaños. Cuando terminaron, su feedback fue preciso, constructivo y brutalmente honesto.
—Juan, tu texto es brillante, pero no lo estás sintiendo. No lo leas, cuéntalo. Míralos a los ojos y haz que crean en cada palabra —le dijo al redactor—. Andrés, las imágenes son espectaculares, pero aparecen demasiado rápido. Dales espacio para respirar. Cada imagen es una obra de arte, démosle al cliente tiempo para admirarla. Carlos, la música de fondo es demasiado genérica. Busca algo con más alma, algo que suene a la vez clásico y contemporáneo.
Repitieron la presentación una y otra vez. Valentina era incansable. Se quedaban hasta altas horas de la noche, pidiendo comida a domicilio y ensayando hasta que cada miembro del equipo pudiera recitar su parte de memoria, no como un robot, sino como un actor que ha interiorizado su papel. Su atención al detalle era asombrosa. Se obsesionó con el clic del control remoto, practicando hasta que el cambio de diapositiva fuera invisible, una extensión fluida de su discurso.



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