El día de la presentación a "Joya Real" amaneció con un cielo gris y plomizo, típico de Bogotá, pero dentro de las oficinas de Grupo Vega, la atmósfera en el equipo de Valentina era de una calma eléctrica. No había nerviosismo descontrolado ni pánico de última hora. Gracias a la preparación exhaustiva, lo que había era una profunda y serena confianza. Se sentían como actores en la noche del estreno, después de meses de ensayo: conocían su material a la perfección y estaban ansiosos por salir al escenario.
Valentina llegó a la oficina vestida con un traje de pantalón de seda negro que era a la vez poderoso y femenino. Su única joya era un discreto broche vintage en la solapa, un guiño sutil al tema de la herencia. Su cabello estaba recogido en un moño bajo e impecable, y su maquillaje era natural pero definido. Irradiaba una autoridad tranquila que se extendió a todo su equipo. Se reunió con ellos una última vez en la sala creativa, no para ensayar, sino para infundirles confianza.
—Recuerden —les dijo, mirándolos a cada uno a los ojos—, no estamos aquí para venderles nada. Estamos aquí para compartir una visión en la que creemos apasionadamente. Hemos hecho el trabajo. Conocemos la marca mejor que nadie. Ahora solo salgan y disfrútenlo. Siéntanse orgullosos de lo que hemos creado juntos.
Mientras se dirigían a la sala de juntas principal, se cruzaron con Alejandro e Isabella en el pasillo. Alejandro, aunque no era parte de la presentación, había decidido asistir como "supervisor", un pretexto para estar presente y, si las cosas salían mal, reclamar el control. Llevaba una expresión tensa, una mezcla de esperanza por ganar la cuenta y un evidente resentimiento por no ser él la estrella del espectáculo. Isabella, por su parte, los miró con un desdén mal disimulado, su rostro era una máscara de superioridad que apenas ocultaba su amargura. Esperaba, deseaba, que fracasaran estrepitosamente.
El equipo de Valentina los ignoró y entró en la sala de juntas. El señor Dubois ya estaba allí, acompañado por dos ejecutivos más de la sede de "Joya Real" en París. El ambiente era formal y la presión, inmensa.


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