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La Valiente Transformación de una Esposa Menospreciada romance Capítulo 47

Regresar al penthouse esa noche se sintió diferente. Ya no era su hogar, ni siquiera su jaula. Se había convertido en territorio enemigo, un campo de operaciones donde ella era una agente encubierta. La estrategia de Sofía resonaba en su mente: para encontrar pruebas, primero necesitaba pasar desapercibida. Tenía que volver a interpretar el papel que tan bien conocía, el de la esposa dócil y abnegada, para que Alejandro bajara la guardia.

Los días siguientes fueron un ejercicio de autocontrol magistral. Valentina se movía por el apartamento y la oficina con una serenidad calculada. Enterró su rabia y su nueva determinación bajo capas de una aparente resignación. Cuando Alejandro estaba cerca, adoptaba una actitud distante pero no confrontacional. Respondía a sus preguntas con monosílabos, evitaba su mirada y se mostraba absorta en su trabajo. Era la imagen perfecta de una mujer herida que se ha retirado a su caparazón, y Alejandro, en su arrogancia, se tragó el anzuelo. La veía como derrotada, y una esposa derrotada, en su mente, era una esposa inofensiva.

Esta actuación le dio la cobertura que necesitaba para comenzar su investigación. Empezó a observar a Alejandro no como una esposa, sino como una analista de inteligencia. Estudiaba sus rutinas con una atención casi científica. Anotaba mentalmente a qué hora salía y a qué hora volvía. Se fijaba en si su teléfono estaba siempre boca abajo sobre la mesa, un clásico indicador de secretismo. Escuchaba el tono de su voz cuando recibía llamadas en su estudio, intentando discernir si era una conversación de negocios o algo más personal.

Cada pequeño detalle era una pieza del rompecabezas. Notó que los martes y jueves por la noche, él siempre tenía una "cena de negocios" que se prolongaba hasta la madrugada. Notó que después de esas cenas, su ropa a menudo olía a un perfume que no era el suyo, el mismo perfume dulzón de Isabella.

Comenzó a documentar todo. En una aplicación de notas segura en su teléfono, protegida por múltiples contraseñas, creaba una bitácora detallada. "Martes, 19 de noviembre. Alejandro salió a las 7:30 p.m. Dijo que iba a una cena con el cliente de Avianca. Regresó a la 1:45 a.m. Olor a perfume femenino (¿Chanel N°5?). Camisa ligeramente arrugada". "Jueves, 21 de noviembre. Recibió una llamada a las 9 p.m. Se encerró en el estudio para hablar. Tono de voz bajo y risas. Duración: 22 minutos".

Era un trabajo agotador y emocionalmente desgarrador. Cada anotación era un recordatorio de la traición, una pequeña puñalada en su corazón. Pero la rabia fría que ahora la impulsaba era más fuerte que el dolor. Se obligaba a ser metódica, a separar sus emociones de los hechos. No era una esposa celosa espiando a su marido; era una estratega reuniendo información para una batalla legal.

Una noche, mientras él estaba en una de sus "cenas", Valentina se atrevió a dar el siguiente paso. Entró en el estudio de Alejandro, un espacio que él consideraba su santuario personal y al que ella rara vez tenía acceso. El corazón le latía con fuerza en el pecho. La habitación olía a él, a su loción de sándalo y a su ego. Se sentó en su silla de cuero, frente a su imponente computador de última generación. La pantalla de inicio de sesión le pidió una contraseña.

Probó las combinaciones obvias: su cumpleaños, el aniversario de bodas, el nombre de su perro de la infancia. Nada. Se dio cuenta de que la contraseña no sería algo sentimental. Sería algo que alimentara su ego. Pensó en la frase que él siempre repetía en las entrevistas. "El éxito no es una opción, es una obligación". La tecleó. "Exito2025!". La pantalla se desbloqueó. Una sonrisa amarga se dibujó en el rostro de Valentina. Lo conocía mejor de lo que él jamás se imaginaría. Acababa de abrir la primera puerta de la caja fuerte de sus secretos.

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