El viernes de la semana siguiente llegó con una atmósfera de anticipación palpable en la oficina. Era el día del "viaje de negocios" a Cartagena. Valentina observó desde la distancia cómo Alejandro e Isabella se preparaban para su partida. No había ninguna sutileza en sus acciones. Isabella se paseaba por la oficina, hablando en voz alta sobre la "importante conferencia" y el "networking crucial" que iba a hacer. Alejandro, por su parte, delegaba sus responsabilidades con el aire de un rey a punto de embarcarse en una importante misión diplomática.
A mediodía, se despidieron del equipo directivo.
—Estaremos fuera hasta el lunes por la mañana —anunció Alejandro—. Isabella y yo seremos los representantes de Grupo Vega en la Cumbre de Publicidad del Caribe. Mantengan todo en orden hasta nuestro regreso.
Valentina los vio irse juntos hacia el ascensor, él con su maletín de cuero y ella con una pequeña maleta de diseño. La imagen era la de una pareja de poder, socios en los negocios y, como ella bien sabía, en el placer. Por primera vez, verlos juntos no le produjo dolor, sino una extraña sensación de calma. Su partida no era una afrenta, era una oportunidad.
Esa tarde, Valentina fue la última en salir de la oficina. Condujo a casa a través del caótico tráfico de viernes de Bogotá, pero en lugar de sentir la frustración habitual, sentía una creciente sensación de propósito. Al llegar al penthouse, el silencio que la recibió no fue opresivo, sino liberador. El apartamento, por primera vez, se sentía completamente suyo.


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