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La Valiente Transformación de una Esposa Menospreciada romance Capítulo 51

Mientras el software de clonación trabajaba en un silencio casi inaudible, un zumbido bajo y constante que era como la banda sonora de su insurrección, Valentina se arrodilló frente a los archivadores. El metal frío de los tiradores parecía resistirse a su tacto.

El despacho de Alejandro era su sanctasanctórum, un espacio que él siempre le había prohibido tocar. "Aquí es donde trabajo, Valentina, necesito orden y privacidad", le decía, una excusa que ella ahora entendía como una barrera para mantenerla alejada de su verdadero yo, el que vivía en los números, los contratos y los secretos. Durante años, ella había respetado esa frontera, una línea invisible que separaba sus vidas incluso dentro del mismo hogar, aceptándola como una de las muchas peculiaridades de un hombre "importante". Pero esa noche, todas las fronteras habían sido abolidas. La mujer que respetaba esas reglas ya no existía.

La tensión en la habitación era tan alta que casi podía saborearla, un gusto metálico en la parte posterior de su lengua. Cada crujido de la madera del suelo bajo sus rodillas, cada susurro del sistema de aire acondicionado, sonaba como un grito en el silencio del penthouse. Se sentía expuesta, vulnerable, a pesar de la certeza lógica de que estaba completamente sola en el apartamento. Era la emoción pura de la transgresión, el miedo primordial a ser descubierta mezclado con la adrenalina embriagadora de la venganza. Miró a su alrededor, absorbiendo los detalles de la habitación con una nueva perspectiva, la de una analista. El enorme escritorio de caoba, tan grande y dominante como su dueño, ocupaba el centro de la habitación como un altar.

La pared de libros de negocios y biografías de hombres poderosos —Rockefeller, Carnegie, Steve Jobs—, una colección cuidadosamente seleccionada para impresionar, no para ser leída. Y presidiendo sobre todo, la fotografía enmarcada en plata de Alejandro con su padre el día que le cedió la empresa, ambos sonriendo con la misma sonrisa depredadora, la misma mirada de conquista. Todo en esa habitación era una extensión de su ego, un monumento a su propia importancia.

Sacó el pequeño juego de ganzúas de su cartera. Se sentía a la vez ridícula, como una niña jugando a ser espía, e increíblemente poderosa. Había visto suficientes películas y series para tener una idea teórica de cómo funcionaban, pero la práctica era otra cosa completamente distinta. Introdujo la primera ganzúa en la cerradura del primer cajón con dedos que, para su frustración, no dejaban de temblar. El metal raspó contra el metal, un sonido discordante y agudo que la hizo estremecerse y mirar instintivamente hacia la puerta cerrada. Se obligó a respirar hondo, a concentrarse. Escuchando los pequeños clics de los pistones, tal como había visto en los tutoriales, intentó sentir el mecanismo interno de la cerradura. Era un proceso frustrantemente lento y delicado. Sus manos sudaban, empañando el metal de las herramientas. Su espalda comenzaba a doler por la postura incómoda. Pasaron varios minutos que se sintieron como horas. Justo cuando estaba a punto de rendirse, de abandonar la idea por considerarla demasiado arriesgada y torpe, sintió un último clic, más fuerte y definitivo que los demás, y un suave ceder de la cerradura. Contuvo la respiración y tiró del tirador con suavidad. El cajón se deslizó hacia afuera con un siseo casi silencioso, revelando una hilera de carpetas perfectamente etiquetadas. El primer muro había caído.

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