Carlos Nieto era un hombre de recursos. En el mundo de la producción de eventos de Bogotá, donde las reputaciones se construyen y destruyen en una sola noche, tener una red de contactos fiable era más valioso que cualquier equipo técnico. Se movía en un universo de tramoyistas, técnicos de sonido, iluminadores y productores freelance, un gremio unido por largas noches de trabajo y una saludable dosis de chismes. Para él, averiguar la vida de un colega como Marco no era una tarea difícil.
Hizo un par de llamadas esa misma tarde. La primera fue a un viejo amigo que trabajaba como jefe de personal en un gran centro de convenciones. La segunda, a una productora que conocía a casi todos los técnicos de la ciudad. Las piezas del rompecabezas no tardaron en encajar. La historia de Marco era tristemente común: un divorcio complicado que lo había dejado financieramente devastado, seguido de una mala racha en las apuestas online, un intento desesperado por recuperar lo perdido que solo lo había hundido más. Estaba ahogado en deudas, con los bancos y prestamistas informales pisándole los talones. Era el objetivo perfecto: un hombre desesperado con acceso al corazón técnico del evento más importante del año.
La confirmación final llegó esa noche. Uno de los contactos de Carlos, un barman de un bar de bajo perfil en el barrio de Teusaquillo —un lugar que Isabella nunca pisaría en circunstancias normales—, le confirmó haber visto a una mujer elegante que coincidía con la descripción de Isabella reuniéndose discretamente con Marco en un rincón oscuro del local la noche anterior. La reunión había sido corta, tensa, y había terminado con Isabella pasándole un sobre grueso por debajo de la mesa.
Carlos le llevó la información a Valentina a primera hora de la mañana siguiente. Se reunieron en una pequeña cafetería lejos de la oficina. Mientras él le contaba los detalles, el rostro de Valentina permaneció impasible, pero sus ojos se oscurecieron con una furia fría. Sus peores sospechas no solo se habían confirmado, sino que la realidad era más descarada de lo que había imaginado.
Su primera reacción fue la de exponerla. Llamar a Alejandro, a la junta directiva, y revelar la trama. Pero descartó la idea casi de inmediato. Sería su palabra y la de un barman contra la de Isabella y Marco. Alejandro, ciego a la verdadera naturaleza de su amante, la protegería. La acusaría de estar paranoica, de inventar conspiraciones para desacreditar a su rival. La confrontación crearía un escándalo que empañaría la gala, independientemente del resultado. No. Una confrontación directa era lo que Isabella esperaría.
Valentina miró por la ventana de la cafetería, sus ojos viendo más allá de la calle concurrida, su mente trazando un nuevo plan de batalla.

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