Después de que los invitados disfrutaron de los salones temáticos, maravillándose con el viaje inmersivo a través de las décadas, fueron guiados al gran salón principal para la cena y el acto central. La atmósfera era mágica. La orquesta de cámara tocaba suavemente mientras los comensales tomaban asiento en las mesas elegantemente decoradas. La expectación por el discurso del CEO y el prometido cortometraje documental era máxima.
Finalmente, las luces del salón se atenuaron, dejando solo los centros de mesa iluminados. Un silencio respetuoso se apoderó de la audiencia. Un único y potente reflector se encendió, iluminando el escenario. Carlos Nieto, desde un discreto puesto de control lateral, le dio la señal a Alejandro.
Alejandro subió al escenario, pavoneándose, absorbiendo la atención como una planta absorbe el sol. Se paró en el atril, ajustó el micrófono y recorrió la sala con su sonrisa más carismática. Era su momento, la culminación de la noche, la oportunidad de presentarse como el visionario líder de un imperio de cincuenta años.
—Buenas noches —comenzó, su voz de barítono, amplificada por el sistema de sonido principal, retumbando en el salón—. Cincuenta años. Medio siglo. Es fácil decir el número, pero es difícil comprender su magnitud…
Comenzó su discurso, un monólogo cuidadosamente ensayado sobre el legado, el poder, la innovación y, por supuesto, el papel fundamental de la familia Vega en la construcción de la Colombia moderna. Hablaba con fluidez, con la confianza de un hombre que se sabe el centro del universo.
Isabella, sentada en la mesa principal junto al padre de Alejandro, lo observaba con una adoración fingida. Discretamente, sin que nadie lo notara, deslizó su mano debajo de la mesa y revisó su reloj. El discurso de Alejandro estaba programado para durar diez minutos. El momento culminante, la frase final, llegaría exactamente a las 9:45 p.m. Ese era el momento acordado con Marco.
En la sala de control principal, Marco sentía cómo el sudor frío le perlaba la frente. Los estudiantes universitarios a su alrededor estaban completamente absortos en la producción, monitoreando los niveles de audio y las proyecciones. Nadie sospechaba nada. Su corazón latía con una fuerza desbocada, un ritmo de pánico y codicia. Miró el sobre con los veinticinco millones de pesos que había recibido de Isabella, escondido en su maletín. Era el dinero que lo sacaría de sus deudas, que le daría un nuevo comienzo. Solo tenía que mover un dedo.
Las pantallas gigantes se apagaron con un chasquido. Los potentes altavoces emitieron un breve zumbido y luego enmudecieron. El reflector que iluminaba a Alejandro se extinguió. La música de fondo se cortó abruptamente. El salón principal del Museo Nacional quedó sumido en una oscuridad casi total, rota solo por la débil luz de las velas en las mesas, y en un silencio absoluto, denso, incómodo y profundamente embarazoso.
Un colectivo y ahogado jadeo de sorpresa recorrió a la audiencia de quinientas personas. Algunos rieron nerviosamente, pensando que era un efecto dramático. Pero a medida que los segundos se convertían en un minuto, y luego en dos, la risa se transformó en murmullos de confusión e incomodidad.
En la oscuridad, Isabella sonrió. Era una sonrisa amplia, depredadora y absolutamente triunfante que nadie podía ver. Había funcionado. Había funcionado a la perfección.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Valiente Transformación de una Esposa Menospreciada