Hacia el final de la noche, la furia de Alejandro, que había estado hirviendo a fuego lento bajo una fachada de compostura forzada, finalmente comenzó a desbordarse. No podía soportar un minuto más de ser una figura secundaria en su propio espectáculo. Vio a Valentina riendo con un grupo de clientes, completamente a gusto, comandando la atención sin el más mínimo esfuerzo. La rabia, mezclada con el whisky que había estado bebiendo sin parar, nubló su juicio.
Se abrió paso entre la gente, su movimiento era brusco, casi agresivo. Agarró a Valentina del brazo, su agarre demasiado firme.
—Valentina, necesito hablar contigo. Ahora —dijo, su voz era un siseo bajo y amenazante.
Los clientes que la rodeaban se quedaron en silencio, notando la tensión. Valentina se giró lentamente, su expresión tranquila no cambió, pero sus ojos se volvieron fríos como el hielo. Miró la mano de él en su brazo y luego lo miró a él. No dijo nada. Simplemente esperó. Su silencio fue más efectivo que cualquier protesta. Avergonzado por la atención que había atraído, Alejandro aflojó su agarre.
—En privado —masculló.
Valentina se disculpó elegantemente con el grupo y lo siguió a una terraza exterior, lejos de las miradas indiscretas. El aire frío de la noche bogotana no hizo nada para enfriar la ira de Alejandro.
—¿Qué demonios fue todo eso? —espetó tan pronto como estuvieron solos—. Me hiciste parecer un completo idiota. ¡Un payaso en mi propio escenario!
—Yo no te hice parecer nada, Alejandro —respondió Valentina, su voz era tranquila pero cortante—. Simplemente salvé el evento que tu amante intentó arruinar. Deberías estar agradeciéndome.

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