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La Valiente Transformación de una Esposa Menospreciada romance Capítulo 81

La noche avanzaba, pero la energía en el gran salón del Museo Nacional, lejos de disminuir, parecía haberse transformado. La euforia inicial por el espectáculo audiovisual había dado paso a un murmullo de admiración y respeto que tenía un único nombre como epicentro: Valentina. La orquesta había vuelto a tocar, pero la mayoría de los invitados preferían conversar en grupos animados, discutiendo no sobre negocios o política, sino sobre el increíble giro de los acontecimientos que habían presenciado. La gala ya no era la celebración del 50 aniversario de Grupo Vega; era la noche en que Valentina Rojas se había revelado al mundo.

Alejandro, después de su humillante confrontación con Valentina en la terraza, había intentado reincorporarse a la fiesta, pero el ambiente se había vuelto hostil para él. Las miradas que antes eran de admiración ahora eran de una curiosidad teñida de lástima o de un frío y calculador respeto hacia su esposa. Se sentía como un extraño en su propia coronación. Desesperado por reclamar el control, por tener la última palabra, decidió que era el momento de cerrar la noche. Hizo una seña a uno de sus asistentes, quien rápidamente se comunicó con el director de la orquesta. La música comenzó a bajar de volumen, y la voz de Alejandro, una vez más, sonó por los altavoces.

—Damas y caballeros, si me permiten su atención un último momento —dijo, su tono intentaba ser jovial, pero la tensión subyacente era palpable.

Una parte de la multitud se giró hacia el escenario, más por cortesía que por interés. Alejandro subió los escalones, su figura de nuevo bajo el solitario reflector. Quería dar las gracias finales, cerrar el evento bajo sus propios términos, intentar borrar la imagen de su eclipse con una última demostración de autoridad.

Valentina, que estaba conversando con el inversor Robert Harrison y Carla Rincón, vio su movimiento. Sabía que ese era el momento. No habría una oportunidad mejor, más pública, más perfecta. El escenario estaba literalmente preparado para ella. Todos los actores principales de su vida estaban presentes: su esposo, el déspota; su suegro, el patriarca; su rival, Isabella, que la observaba desde una mesa con ojos llenos de veneno; sus aliados, como Carlos y su equipo, que la miraban con una lealtad incondicional; y los testigos, la élite de Bogotá, la prensa, los inversores.

Valentina no caminó hacia la salida. Con una calma que parecía emanar de su interior, se dirigió hacia el escenario. No de frente, sino por un lateral, acercándose sigilosamente mientras Alejandro comenzaba su perorata final. En sus manos, llevaba una elegante carpeta de cuero negro que había recogido discretamente de un maletín que Carlos le había guardado. La carpeta era delgada, pero se sentía increíblemente pesada, cargada con el peso de su pasado y la promesa de su futuro.

Cada paso que daba sobre la alfombra del salón era deliberado, silencioso. La mayoría de la gente no la notó al principio, sus ojos estaban fijos en Alejandro. Pero unos pocos sí la vieron. Vieron a la heroína de la noche, la mujer del vestido plateado, moviéndose no como una anfitriona, sino como una figura del destino, acercándose inexorablemente al hombre que, en su ignorancia, creía que todavía tenía el control. El momento había llegado.

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