La noche avanzaba, pero la energía en el gran salón del Museo Nacional, lejos de disminuir, parecía haberse transformado. La euforia inicial por el espectáculo audiovisual había dado paso a un murmullo de admiración y respeto que tenía un único nombre como epicentro: Valentina. La orquesta había vuelto a tocar, pero la mayoría de los invitados preferían conversar en grupos animados, discutiendo no sobre negocios o política, sino sobre el increíble giro de los acontecimientos que habían presenciado. La gala ya no era la celebración del 50 aniversario de Grupo Vega; era la noche en que Valentina Rojas se había revelado al mundo.
Alejandro, después de su humillante confrontación con Valentina en la terraza, había intentado reincorporarse a la fiesta, pero el ambiente se había vuelto hostil para él. Las miradas que antes eran de admiración ahora eran de una curiosidad teñida de lástima o de un frío y calculador respeto hacia su esposa. Se sentía como un extraño en su propia coronación. Desesperado por reclamar el control, por tener la última palabra, decidió que era el momento de cerrar la noche. Hizo una seña a uno de sus asistentes, quien rápidamente se comunicó con el director de la orquesta. La música comenzó a bajar de volumen, y la voz de Alejandro, una vez más, sonó por los altavoces.
—Damas y caballeros, si me permiten su atención un último momento —dijo, su tono intentaba ser jovial, pero la tensión subyacente era palpable.
Una parte de la multitud se giró hacia el escenario, más por cortesía que por interés. Alejandro subió los escalones, su figura de nuevo bajo el solitario reflector. Quería dar las gracias finales, cerrar el evento bajo sus propios términos, intentar borrar la imagen de su eclipse con una última demostración de autoridad.
Valentina, que estaba conversando con el inversor Robert Harrison y Carla Rincón, vio su movimiento. Sabía que ese era el momento. No habría una oportunidad mejor, más pública, más perfecta. El escenario estaba literalmente preparado para ella. Todos los actores principales de su vida estaban presentes: su esposo, el déspota; su suegro, el patriarca; su rival, Isabella, que la observaba desde una mesa con ojos llenos de veneno; sus aliados, como Carlos y su equipo, que la miraban con una lealtad incondicional; y los testigos, la élite de Bogotá, la prensa, los inversores.

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