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La Valiente Transformación de una Esposa Menospreciada romance Capítulo 87

En el escenario, el tiempo pareció congelarse. Alejandro se quedó completamente paralizado, una estatua de pánico bajo la dura luz del reflector. La elegante carpeta de cuero seguía en sus manos, pero ahora se sentía como si pesara una tonelada, un ancla que lo arrastraba hacia el fondo de un abismo oscuro. Su mente, un torbellino de whisky y adrenalina, intentaba desesperadamente procesar lo que acababa de suceder. Divorcio. Fraude. Pruebas. Renuncia. Las palabras de Valentina resonaban en su cabeza, mezclándose con el rugido creciente de la multitud y el sonido ensordecedor de los flashes de las cámaras.

Los fotógrafos, que al principio habían estado capturando un drama social, ahora sabían que estaban documentando una masacre corporativa. Se agolparon al pie del escenario, sus lentes apuntando hacia él como cañones, cada disparo capturando una nueva faceta de su desintegración. El sudor que le perlaba la frente. El temblor incontrolable de sus manos. El terror puro y desnudo en sus ojos. Las imágenes que estaban tomando esa noche no aparecerían en las páginas de sociales, sino en las portadas de las revistas de negocios y, muy posiblemente, en los noticieros de la noche.

El caos estalló. El murmullo de la multitud se convirtió en un rugido. La gente se puso de pie, susurrando, señalando, sus teléfonos móviles levantados como cientos de pequeñas antorchas, grabando su humillación para la posteridad digital. En la mesa principal, Isabella estaba petrificada, su rostro una máscara de horror. Su sueño de convertirse en la señora Vega se había hecho añicos de la forma más pública y brutal posible. No solo había sido expuesta como la amante, sino que ahora estaba implícitamente vinculada a un escándalo de malversación de fondos. El apartamento en La Cabrera, su trofeo, se había convertido en una prueba del delito.

Fue Don Ricardo Vega quien reaccionó primero. Con un rugido de furia que silenció a los que estaban más cerca, se abrió paso a empujones entre la multitud, su rostro congestionado de una rabia apoplética.

—¡Apaguen esas luces! ¡Saquen a la prensa de aquí! —gritaba a los guardias de seguridad, que no sabían cómo reaccionar.

Subió al escenario y le arrebató la carpeta de las manos a su hijo, que parecía incapaz de moverse. Sus ojos recorrieron rápidamente los documentos, y con cada página, su rostro se oscurecía aún más. Vio la demanda de divorcio, un asunto familiar humillante. Pero luego vio los estados de cuenta, la campaña fantasma, las pruebas del fraude. Y su furia se transformó en un miedo helado. Esto no era un escándalo matrimonial. Esto era una amenaza existencial para el imperio que había tardado cincuenta años en construir.

—Imbécil —siseó a su hijo, su voz era un veneno puro—. ¡Eres un imbécil! ¡Te di un reino y lo has quemado hasta los cimientos por una cualquiera!

Agarró a Alejandro del brazo y lo arrastró fuera del escenario, lejos de los flashes, mientras los guardias de seguridad intentaban, torpemente, crear un cordón para contener a la prensa. La gala del 50 aniversario de Grupo Vega había terminado. Y en su lugar, acababa de comenzar el funeral más espectacular y concurrido de la historia corporativa de Bogotá.

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