Valentina caminó a través del vestíbulo del museo, un espacio ahora casi vacío, dejando atrás el epicentro del caos. El rugido de la multitud en el gran salón se atenuó, convirtiéndose en un murmullo sordo, el sonido de un mundo que se desmoronaba a sus espaldas. No sintió la tentación de mirar atrás. Su mirada estaba fija en las grandes puertas de madera que daban a la noche, a su libertad.
Justo cuando su mano estaba a punto de empujar la puerta, una figura corpulenta se materializó a su lado, saliendo de las sombras. Era Carlos Nieto. No había corrido para alcanzarla; la había estado esperando, de pie, en silencio, como un centinela. En sus manos, sostenía el abrigo de ella.
—Se le olvidaba esto, jefa —dijo, su voz grave era un ancla de calma en medio de la tormenta.
Valentina se detuvo y se giró para mirarlo. En su rostro no había sorpresa ni lástima, solo un profundo y tranquilo respeto. Él había visto todo, había entendido todo, y su lealtad no había vacilado ni por un segundo.
—Gracias, Carlos —dijo ella, permitiéndole que le ayudara a ponerse el abrigo sobre los hombros. La tela cálida fue un consuelo bienvenido contra el frío de la noche y el hielo que sentía en su interior.
Se quedaron en silencio por un momento, el caos del salón a sus espaldas, la quietud de la noche bogotana frente a ellos.
—Fue un honor trabajar con usted, jefa —dijo Carlos finalmente, y en su voz había una formalidad y una finalidad que indicaban que él también entendía que una era había terminado—. Lo que hizo ahí dentro… se necesitaron más agallas que las que tienen todos esos hombres de traje juntos.
—Hice lo que tenía que hacer, Carlos —respondió Valentina, su voz era suave pero firme—. Por mí. Y por la gente que sí valía la pena en esa empresa. Gente como tú.

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