—¡Ja!
Melisa soltó una sonrisa burlona.
Después de un breve instante, Melisa levantó el pie y caminó despacio hacia Ricardo.
—Tengo una regla muy clara: quien me queda debiendo, me paga el doble.
Ricardo se quedó pasmado por la presencia que Melisa desprendía.
No le entraba en la cabeza cómo una chava de menos de diecinueve años podía tener ese aire tan dominante. Sobre todo esos ojos… Bastaba una mirada para sentir que estaba frente a un demonio salido del mismísimo infierno, como si en cualquier momento lo fuera a despedazar.
Mientras retrocedía tembloroso, Ricardo balbuceó:
—¿Qué piensas hacer? Te advierto que soy parte de la familia Guevara. Si te metes conmigo, mi papá no va a dejar esto así con los Orozco.
Quiso seguir retrocediendo, pero ya había chocado con la gente que tenía detrás. No había por dónde escapar.
Melisa seguía acercándosele, así que Ricardo levantó la voz, intentando sonar más valiente de lo que se sentía:
—Melisa, será mejor que pienses bien las consecuencias. Tu hermano tiene razón, la familia Orozco no puede con la familia Guevara. Ni aunque la maestra Carolina te respalde, te va a servir de nada.
Al oír esto, Carolina soltó una carcajada.
—¿Yo respaldar a Melisa?
No podía evitarlo, ese tipo sí que era un iluso.
¿A poco Melisa necesitaba que alguien la protegiera?
La mirada de Melisa se volvió aún más dura. Levantó la mano, decidida a encargarse ella misma de que Ricardo cumpliera la apuesta y se pusiera a bailar quitándose la ropa, cuando de pronto una voz se escuchó entre la multitud:
—Señorita Melisa.
Melisa giró la cabeza y vio a Joaquín, que avanzaba hacia ella escoltado por varios guardias.
Melisa alzó una ceja, intrigada.
Joaquín se plantó frente a ella, le dirigió a Ricardo una mirada de desprecio y después, con una sonrisa servil, se dirigió a Melisa:

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