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La Verdadera Heredera que Regresó del Infierno romance Capítulo 103

—¡Tú! —Ricardo ya no sabía cómo contener el coraje que le hervía en la sangre.

Él y Joaquín siempre habían sido enemigos a muerte, vivían en constante enfrentamiento, como perros y gatos. Sin embargo, nunca había logrado ganarle una sola vez.

La familia Valdés tenía mucho poder en Real Fortia, y la familia Guevara no podía competir con ellos. Ricardo lo sabía tan bien que le ardía el orgullo. No importaba cuánto lo intentara, siempre terminaba perdiendo frente a los Valdés.

Pero lo que más le sorprendía era ver a Joaquín —ese tipo que trataba a todos con desprecio— haciendo reverencias ante Melisa, como si se tratara de la mismísima reina. Ahí fue cuando Ricardo entendió que Melisa no era alguien común; por dentro se mordió la lengua por haber creído las habladurías de Florencia y venir a buscarle pleito a Melisa.

Ahora, estaba atrapado, sintiéndose como un pollo a las brasas: ni para adelante ni para atrás.

Mientras Ricardo se quedaba pasmado, los guardaespaldas de Joaquín se lanzaron sobre él, lo sujetaron sin miramientos y lo empujaron al centro del salón, obligándolo a ponerse a bailar.

Ricardo intentó soltarse, pero los hombres de la familia Valdés estaban entrenados, eran como toros y él apenas podía moverse. Lo tenían tan bien agarrado que, al forcejear, terminó haciendo movimientos tan extraños que ni siquiera parecían pasos de baile.

Carolina, con gesto de fastidio, frunció el ceño y soltó:

—¡Qué horror de espectáculo! Joaquín, ¿eso es todo lo que sabes hacer?

Joaquín se puso nervioso y, sin pensarlo, le soltó una patada en el estómago a Ricardo.

—¡Muévete bien, idiota! Si no bailas como se debe, te hago pedazos —le soltó con furia.

—Ya pues, si tienes tanto valor, mátame de una vez —Ricardo le escupió la respuesta, con los dientes apretados, retando a Joaquín con la mirada.

Joaquín arrugó la frente, fastidiado, y le ordenó a sus guardaespaldas:

—¡Enséñenle a comportarse!

Los guardaespaldas no necesitaron otra invitación y le dieron a Ricardo una golpiza de esas que se recuerdan toda la vida.

Josefa, al ver a su hermano en esa situación, rompió en llanto. Gritaba mientras las lágrimas le corrían por la cara:

—¿Qué hacen? ¡Déjenlo! ¡Suéltenlo, es mi hermano!

Pero nadie le hizo caso. Ricardo estaba ya casi inconsciente, cubierto de golpes.

Al ver que su hermano de verdad no aguantaba más, Josefa se dejó caer de rodillas frente a Melisa, sollozando:

—Melisa, te lo ruego, por favor… perdona a mi hermano, nos equivocamos, no debimos meternos contigo. Haz lo que quieras con nosotros, pero ya déjalo en paz, por favor.

Melisa, con las manos en los bolsillos y el rostro impasible, respondió:

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