Melisa se fue, dejando a todos en la sala con cara de desconcierto.
Isidora y Florencia no podían creerlo. Nunca imaginaron que Melisa, quien desde que había vuelto a casa parecía una fiera lista para estallar en cualquier momento, fuera capaz de rechazar un compromiso tan prometedor.
Jimena también se quedó sorprendida.
Ella siempre pensó que Melisa estaría feliz con ese matrimonio.
Después de todo, Fabricio era alguien por quien muchas chicas suspiraban.
A tan corta edad ya manejaba los negocios de la familia Pacheco, una de las más poderosas de la región.
Y, para rematar, Fabricio tenía un atractivo que destacaba entre miles.
Solo que su carácter era distante, poco dado a mostrar afecto o cercanía.
Había muchas familias que buscaban emparentar con los Pacheco, pero Clarisa nunca aceptó ninguna propuesta, únicamente porque, desde hace años, la familia Pacheco y la familia Orozco ya tenían un acuerdo matrimonial.
Cuando la familia Pacheco fue a hablar del compromiso, Jimena no estaba en casa. Fue Isidora quien recibió a los representantes de los Pacheco.
En ese entonces, todos creían que Florencia era la hija biológica de los Orozco, así que el compromiso se arregló sin mayores complicaciones.
Sin embargo, ese matrimonio originalmente le correspondía a Melisa. Casarse con Fabricio no solo era una gran oportunidad, sino que Clarisa jamás permitiría que Melisa saliera perdiendo.
Pero Melisa decidió que no quería ese compromiso.
Y por la forma en que se comportó, parecía que huía de él como si fuera veneno.
¿Por qué sería?
—Si Melisa ya dijo que no quiere ese compromiso, entonces yo hablaré con la familia Pacheco para cerrar cuanto antes el asunto entre Fabricio y Florencia —saltó Isidora, temerosa de que algo pudiera cambiar, adelantándose incluso a la abuela.
Por más que a Jimena le disgustara la idea de que Florencia tomara el lugar de Melisa y se casara con Fabricio, en ese momento no tenía cómo negarse.
La familia Orozco y la familia Pacheco no solo eran parientes políticos, también tenían negocios en común.
Con el gesto endurecido, Jimena solo dijo:
—Haz lo que creas conveniente.
Cada vez que pensaba en cómo Florencia le había quitado a Melisa algo que le pertenecía, sentía una incomodidad que le revolvía el estómago y hasta se le quitaban las ganas de comer. Sin decir nada más, dio media vuelta y se fue.
...
Bruno, con la expresión seria, echó un vistazo a Melisa, quien platicaba con Gabriel sentada al lado, y se le acercó decidido.
—Melisa, tengo que recordarte algo. Este compromiso lo rechazaste tú sola. Cuando lleguen los Pacheco, más te vale quedarte tranquila y no causar problemas —advirtió Bruno con voz seca—. ¿Entendiste?
Melisa, recostada con desdén en la silla, lo miró con esos ojos que no dejaban entrever ninguna emoción y, con una media sonrisa irónica, le contestó:
—Señor Bruno, ¿ya se te olvidó la última vez que te fue mal por meterte conmigo?
—¡Tú! —Bruno se puso rojo de coraje—. En fin, ya te lo advertí. Si haces una escena, no me eches la culpa por lo que pase.
Melisa se enderezó y, alzando la mano, tomó el vaso con bebida que tenía sobre la mesa.
Gabriel, viendo lo que podía ocurrir, la detuvo de inmediato.
—Tranquila, ni te preocupes, Bruno nomás anda buscando pleito. Cuando pase el compromiso, si quieres, le das unos buenos golpes, pero hoy mejor no armes lío. No hagas que la abuela pase vergüenza.
La abuela y Clarisa eran amigas de toda la vida, y hoy era un día importante para ambas familias. Si Melisa le pegaba a su hermano mayor en público, la abuela acabaría pasando un mal rato.
Melisa guardó silencio unos segundos, y luego, con lentitud, dejó el vaso de vuelta en la mesa.
—Aprovecha que estoy de buenas y vete lejos de mí —le soltó.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Verdadera Heredera que Regresó del Infierno