En los últimos días, Melisa no había salido para nada. Se dedicó por completo a cuidar a la abuela en la casa de los Orozco, ayudándola a recuperar fuerzas.
Ahora, los miembros de la familia Orozco preferían evitar a Melisa, dándole la vuelta cada vez que la veían pasar.
Incluso Natalia y Valeria, aunque por dentro no soportaban a Melisa, ya no se atrevían a mostrarlo. Les daba miedo que Melisa pudiera pedirle a Fabricio que les hiciera lo mismo que a los otros, o peor aún, que se desquitara con ellas.
Isidora, Bruno y Florencia también andaban mucho más tranquilos. Isidora y Florencia se enfocaron en practicar el piano, y a veces en la casa se escuchaban melodías elegantes que rompían el silencio.
Salvo en las comidas, Isidora y Florencia procuraban no cruzarse con Melisa. Incluso dejaron de visitar a Jimena con la misma frecuencia.
Sin embargo, Florencia no se olvidó de lo que la abuela comentó antes: la idea de hacerle una fiesta de presentación a Melisa, para reconocerla oficialmente como parte de la familia.
Florencia y Melisa habían tenido sus roces, y tras eso, la abuela le había congelado la tarjeta. Desde entonces, Florencia la pasó bastante mal: ya llevaba mucho sin comprarse ropa ni accesorios nuevos.
Fue Isidora quien, a escondidas, le daba algo de dinero para que no anduviera tan apurada, pero tampoco podía darle mucho, ya que temía que la abuela se diera cuenta.
Así que, además de ensayar el piano, Florencia dedicaba casi todo su tiempo a organizar la fiesta de presentación de Melisa. Su esperanza era mejorar la opinión que la abuela tenía de ella, y que así le devolviera el dinero de bolsillo.
Sin dinero, Florencia sentía que no podía hacer absolutamente nada.
Bruno, por su parte, se instaló prácticamente en la oficina. Pasaba tanto tiempo ahí que nadie lo veía en casa y nadie tenía idea de en qué estaba tan ocupado.
Con la familia Orozco calmada, la casa se sentía mucho más tranquila.
Ese día, Melisa acababa de llevarle a Jimena un remedio casero que preparó ella misma, cuando Marcos se le acercó.
—Prima —le susurró Marcos—, ¿puedes salir un momento?
Melisa le echó una mirada rápida, le pidió a la abuela que se terminara el remedio, y salió con Marcos.
Era la hora en que la mayoría de los Orozco estaban en el trabajo. Los que no trabajaban, salieron de paseo. Así que, aparte de las empleadas, la casa estaba prácticamente vacía.
Melisa acompañó a Marcos hasta la escalera.
—¿Qué pasa?
Marcos vaciló unos segundos y al final, bajando la voz, dijo:

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