—Mamá, yo también me preocupo por ella —reviró Isidora, con el ceño marcado—. Todavía está tan joven y, seamos sinceros, es muy guapa. ¿Y si alguien la engaña? ¿No que Melisa es tu consentida? ¿De verdad la vas a dejar con un viejo cualquiera?
Aunque Melisa le caía gordísima, en el fondo tampoco quería verla con un hombre mayor. Eso sería una vergüenza para ella misma.
—Ya deja de meterte donde no te llaman. Los asuntos de Melisa no te incumben.
Jimena, que sabía que el día era importante, no quería que Isidora le aguadara la fiesta. No pensaba discutir más, así que tomó la mano de Melisa y se la llevó.
Si se quedaban más tiempo, temía que, con el carácter de Melisa, la cosa terminara en golpes. Con tanta gente invitada, si Melisa perdía la cabeza y le pegaba a su propia mamá, su reputación quedaría manchada para siempre.
—Mamá, yo...
Isidora no se rendía, pero Nicolás, con el entrecejo fruncido, la cortó de tajo:
—¡Ya cállate! Una palabra más y te largas de aquí.
Nicolás no soportaba ni verla. Si no fuera porque no quería que armara más lío, ni le dirigiría la palabra.
—¡Tú! —bufó Isidora, a punto de explotar, pero Florencia la jaló del brazo.
Se quedó con las ganas de responder, tragándose el coraje.
Melisa, sin dignarse a mirar a Isidora, ayudó a Jimena a llegar al primer carro.
Justo cuando iban a subir, un pequeño grupo se acercó.
—Mamá.
—Abuelita.
Melisa levantó la vista y una media sonrisa asomó en sus labios.
Jimena, sorprendida, exclamó:
—¿Elena? ¿Cristóbal? ¿Qué hacen aquí los dos juntos?
Elena Orozco se acercó a Melisa, intentando apartarla para ayudar a la anciana. Pero Melisa se quedó plantada, sin moverse ni un centímetro.
Elena, con la mirada endurecida, forzó una sonrisa.
—¿Tú eres Melisa, cierto? Vaya, sí que eres bonita. Déjame platicar un rato con tu abuelita, súbete al carro.

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